Hace poco menos de un mes, Wuthering Heights (2025) de Emerald Fennell llegó a la pantalla grande y decepcionó a los que conocen el trabajo de la directora. No solo por ser una exagerada, ridícula y errática reinvención de la novela de Emily Brontë, más enfocada en escandalizar que en profundizar en sus terrores. También, por parecer que el subversivo estilo de la realizadora quedó sepultado bajo el artificio y la confusa sensación de avanzar hacia ningún lado. Buena parte del problema con la adaptación de la novela gótica parecía residir en la incapacidad de la cinta por captar el músculo del ritmo perverso, doloroso y siniestro de un relato ambiguo y obsceno.
¿Qué pudo ocurrir para que la mujer que escandalizó y sedujo con Saltburn (2023) al final decidiera simplemente crear un ejercicio de masturbación colectiva y estética, sin atender a la profundidad de su premisa? El interrogante parecía además atravesar el terreno del cine como arte y concepto. ¿Una superproducción sepultó la personalidad de Fennell en una región barroca y artificiosa? Con todo su aire transgresor, Wuthering Heights carecía de la personalidad de una película dispuesta a incomodar sin perder identidad.

Algo semejante parece haber ocurrido con Maggie Gyllenhaal y su nueva película The Bride! (2025), que reinventa a Frankenstein en lo que parece un riesgo narrativo a toda regla. No solo porque sorprende por su mezcla de géneros, visiones y comentarios sociales. A la vez, por ser exagerada, arrítmica y perpetuamente absurda. Eso, al alejarse del núcleo duro de la novela (la vida, la muerte, la agencia del cuerpo, la dolorosa relación entre el creador y su criatura) para enfocarse en el mito como obsesión cultural.
otro clásico gótico sin lógica
El guion de Gyllenhaal incorpora directamente a Mary Shelley como personaje activo dentro de la trama. Interpretada por Jessie Buckley, la autora no observa desde la distancia: interfiere, comenta y, en última instancia, altera el destino de sus propias criaturas. La película abre en un espacio en blanco y negro que sugiere una antesala espectral, un limbo creativo donde Shelley parece consciente de estar reescribiendo su legado. No es un simple guiño literario; es una invasión metatextual que convierte el relato en algo más cercano a una pieza teatral con aspiraciones filosóficas que a una adaptación tradicional.

Desde ahí, el laboratorio deja de ser el centro simbólico y se traslada al cuerpo de las mujeres como una terrorífica visión sobre el sufrimiento. El foco se desplaza hacia la idea de control narrativo: quién cuenta la historia, quién la padece y quién se rebela contra ella. Gyllenhaal altera el orden clásico del mito y pone a la autora como una especie de conciencia superior que supervisa el caos. El resultado es ambicioso, pero directamente confuso por la errática ejecución de la directora, que también adapta. La intervención constante de Shelley fragmenta el flujo dramático y obliga a la cinta a explicar sus propias reglas mientras intenta romperlas.
Cuando Shelley entra en contacto con Ida (también Jessie Buckley), una joven que sobrevive en el Chicago de 1936, el dispositivo narrativo se complica aún más. Ida comienza a hablar con un acento británico en medio de un club nocturno y acusa a un mafioso con una elocuencia que roza el suicidio social y literal. La escena mezcla comedia negra y tragedia absurda, aunque sin alcanzar una síntesis clara. La película, entonces, parece fascinada por su propio ingenio estructural, pero esa fascinación no siempre se traduce en tensión dramática. El experimento, desde sus primeros minutos, revela tanto su osadía como la falta de habilidad de la realizadora para sostenerlo.
Posesión, crimen y fuga romántica

La muerte de Ida llega antes que cualquier romance, una inversión deliberada del esquema sentimental habitual. Su cuerpo termina en una fosa común y es recuperado para convertirse en materia prima de un nuevo proyecto científico. Un giro singular que puede parecer perfectamente sintonizado con la lógica salvaje, pero que tiene la profundidad para funcionar por sí solo. Frank (Christian Bale), es criatura centenaria que no irrumpe como amenaza, sino más bien como figura agotada, ha vivido demasiado. Ha visto demasiadas épocas pasar, por lo que le impulsa la necesidad desesperada de no estar solo.
Pero incluso esa necesidad ferviente de amor y compañía (un tema clásico de Shelley), se pierde en medio de situaciones burlonas, grotescas y casi todas, sin coherencia ni lógica. Por otro lado, la doctora Euphronious (Annette Bening), admiradora del trabajo del ficticio Henry Frankenstein, introduce un giro hacia una ciencia más pragmática que espectacular, lo que termina por venirse abajo en medio de ideas a medio completar.

Lo que más se echa de menos en The Bride! es una dirección que indique qué desea hacer su creadora. El absurdo juega con el sermón moral; en una dinámica inicial, es incómoda. Mucho más, a medida que la cinta se vuelve más confusa e introduce nuevas líneas narrativas. Desde fantasías mentales de Frank, fascinado por los clásicos de Hollywood y por el actor Ronnie Reed (Jake Gyllenhaal), hasta el miedo a vivir.
Se lamenta también el esfuerzo perdido. Bale se mueve con sorprendente ligereza en esos pasajes; Buckley responde con energía indómita. Sin embargo, el tránsito entre crimen, musical y melodrama no siempre es fluido y la mayoría de las veces, es absurdo, ridículo y tedioso. La cinta salta de un tono a otro con entusiasmo, pero sin la precisión necesaria para que la mezcla resulte orgánica.
Al final, The Bride! cojea por el mismo desnivel argumental de la obra más reciente de Emerald Fennell. Hay una evidente ambición, talento y audacia. Pero la escala de la superproducción sabotea la integridad, la personalidad y el sentido de la trascendencia de la película. Malas noticias para los amantes del trabajo de ambas cineastas.



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