Si bien hacer un gran éxito es toda una hazaña, es un mérito todavía más grande lograr una secuela a la altura de su predecesora. Y este no fue el caso de Scream (1996), un clásico moderno del horror que, así como tantas otras franquicias, fue lamentablemente continuada con una serie de películas por lo menos mediocres. En un giro argumental quizás imprevisible, esta nueva entrega logra lo que sus antecesoras no consiguieron.

Sam Carpenter (Melissa Barrera) es en este caso nuestra nueva chica final, quien por cuestiones personales, y podríamos decir un poco sangrientas, es obligada a volver a su antiguo hogar en Woodsboro, acompañada por su novio Richie (Jack Quaid). El nombre del pueblo por supuesto nos será reconocible, ya que es el lugar que inspiró la ahora venida a menos (y ficticia, por supuesto) saga de películas Stab, basada en la trágica historia de Sidney Prescott (Neve Campbell).

Es imperativo recordar que toda buena película de Scream debe cumplir con por lo menos dos reglas. La primera es: el metalenguaje debe tener gran peso en la historia y en este caso parece llevar el relato casi por completo. Haciendo referencia tras referencia se ubican las piezas en el tablero, los personajes dejando claro la autoconciencia que maneja la historia al analizar estructuras narrativas cinematográficas, mientras a la par organiza la propia. Los clichés aparecen para engañarnos, generando un entretenido juego de gato y ratón en donde la película intenta estar siempre dos pasos adelante nuestro en cada secuencia de suspenso.

Por otra parte, Scream es sin duda uno de esos slasher en donde el enmascarado no es simplemente un personaje anónimo esperando a salir de las sombras. Y es que poner al público en el papel de detective es, sin duda, la segunda gran regla que toda película de la saga no puede ignorar. Esta continuación está a la altura. Y aunque sea probable que en muchas ocasiones un espectador vivaz esté seguro de haber adivinado la identidad del maníaco, la historia es lo bastante elusiva como para que dudemos de nuestra intuición.

A más de diez años desde la última aparición de Sidney en nuestras pantallas, los tiempos cambiaron y las maneras en que el público se relaciona con la industria del cine, y viceversa, también han sido afectadas. Esto, en gran parte, alimenta la evidente crítica que la historia hace, mostrando cómo las redes sociales pueden llegar a marcar el rumbo de producciones cinematográficas y cuestionando la sensación de autoridad e incluso propiedad que ciertos cinéfilos radicalizados creen poseer sobre sus supuestas obras favoritas.

Pero, como el mismo film nos recuerda, no solo de profundas metáforas se vale el amor por el género de horror. Son las muertes divertidas, si es que sádicamente las podemos denominar así, lo principal del espectáculo. Esta nueva secuela las brinda con creces. Múltiples y capaces de robarnos una mueca de dolor, la pequeña masacre que lleva a cabo el siempre carismático Ghostface está compuesta de muy logrados asesinatos, mostrando tanto la frenética brutalidad como el sentido del humor que volvieron tan icónico al personaje.

Valiéndose de múltiples micro-homenajes que no cansan, sino más bien logran sacar una sonrisa (y hasta una carcajada) a los fans, es sorprendente ver cómo una franquicia que parecía haber perecido se levanta una vez más (como todo buen asesino en el tercer acto, cuando nuestros protagonistas olvidan dar el tiro de gracia). Estableciendo nuevos personajes con gran corazón y una creíble dinámica personal, la nueva Scream trae también a las legendarias caras de la película original y las aplaude, mientras pasa la antorcha a esta nueva generación. Terroríficamente entretenida e ingeniosa, nos demuestra que, por suerte, la saga aún sigue con vida.

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