Toda historia ya fue contada, no nos cabe duda. Es por eso que, cuando aparece un director que da una vuelta de tuerca original a esas historias que nos son familiares, sus películas son aquellas que marcan huella. Ese es el caso de Presencia (2024), una típica historia sobre casas embrujadas y espectros que es contada desde un punto de vista muy único: a través de los ojos del fantasma.
La película comienza en silencio, con una cámara que parece flotar fuera de un armario para explorar cuartos y pasillos vacíos. Acompañamos a este silencioso espectador mientras observa cómo la casa es presentada, comprada y eventualmente habitada por una nueva familia. Hay una sensación casi voyeurística, no tan dispar a aquella que funciona tan bien en la actualidad con el Gran Hermano, mientras este ser vaga por cada habitación y va conociendo, así como lo hacemos nosotros, a aquellos con quienes ahora convive.

Largos planos secuencia se suceden con elipsis entre uno y otro, creando recortes del día a día en donde, de a poco, este ser desarrolla una relación unilateral con los habitantes de la casa. Por un lado tenemos a Rebekah (Lucy Liu), una madre trabajadora pero completamente absorbida por su teléfono celular y los emails que no pueden demorar en contestarse. Es solo cuando se trata de su hijo varón en que realmente parece encontrar conexión con el mundo.
Por su parte, a Tyler (Eddy Maday) poco parece importarle haber dejado su vieja escuela, rápidamente reconstruyendo su vida social. Refleja la imagen del hijo perfecto, pero bajo esa máscara hay una crueldad adolescente que a veces sale a la superficie.
Su padre Chris (Chris Sullivan) intenta funcionar como el pegamento del clan. Es el único que realmente intenta acercarse a Chloe (Callina Liang), su retraída hija menor. Completamente abstraída del mundo exterior, la chica lidia calladamente con la muerte de su amiga Nadia tras una sobredosis.

Es ahí en donde se forma un inesperado vínculo, ya que esa misteriosa presencia que la sigue parece encariñarse con la joven. Y Chloe, muy a pesar del temor que le producen los eventos sobrenaturales que se van desarrollando a su alrededor, encuentra un impensado alivio al deducir que estas podrían ser señales de la amiga que perdió.
Encontrando otra mirada
No hay que dejarse engañar. Si Presencia tiene algo que le juega en contra es un marketing engañoso que llevará a que cierta parte del público vaya al cine esperando ver algo que la película jamás promete. Sí, esta es una historia de caasas embrujadas, un cuento gótico moderno, pero está muy lejos de crear un clima tétrico o entregar algún sorpresivo susto.
Si buscamos referentes, encuentra una prima hermana en aquella película que curiosamente también fue estrenada el año pasado, In a Violent Nature (2024), en donde con similar premisa acompañábamos a un pseudo Jason Voorhees mientras este desataba una masacre a paso lento. Pero muy lejos de aquella disección sobre la violencia como motor del ser, esta historia fantasmal se acerca un poco más a los temas introspectivos que encontramos en A Ghost Story (2017), pero desde el lugar de una narrativa menos abstracta y más convencional.

Así y todo, desde un comienzo comprendemos que Steven Soderbergh (Traffic, Ocean’s Eleven), se aleja de todo tradicionalismo tanto en lo que cuenta como en la forma de hacerlo. Haciendo un ingenioso uso de la tecnología actual para experimentar una mirada diferente, utiliza una cámara Sony A7, el tipo de equipo para uso casero que a lo sumo un fotógrafo profesional utilizaría en un evento social, pero no en una película. Si bien no llega a dar un efecto de ojo de pez, sí distorsiona levemente la imagen, deformando de esa manera la realidad que rodea al espectro.
Soderbergh además ancló la cámara a un estabilizador gimbal, cuya capacidad de rotación logra la etérea sensación de cómo esta entidad flota al moverse. Con el director mismo operándola, esto demandó que se coreografiaran cuidadosamente sus movimientos con lo de los actores. Además debía estar consciente de que estaba interpretando al fantasma, por lo cual necesitaba tener cuidado de no anticipar las tomas con la mente omnipresente de un director, sino moverse con naturalidad y dar prioridad a la interacción con el elenco.

Lejos de contar una historia terrorífica, construye con maestría el misterio, una atmósfera que si bien llega a conectar con el thriller, lejos está de atemorizarnos con una potencial amenaza de ultratumba. La pluma de David Koepp (Jurassic Park), nos entrega un guion en donde el foco está en miedos más terrenales o hasta filosóficos, como lo son las preguntas que se desencadenan luego de que una tragedia nos obligue a confrontar nuestra relación con la mortalidad. Nos encontramos ante todo con un drama sobrenatural que, a pesar de tomarse su tiempo para develar las verdades ocultas de la familia o hasta de esa entidad anónima, aún consigue atraparnos completamente.
Presencia busca en lo más profundo del subgénero de casas encantadas, entendiendo por qué estos relatos trascienden con el tiempo y se encuentran en todas las culturas. Esta es una historia sobre culpas y pérdidas, sobre convivir con el duelo y lo destructivo de la alienación.
Mientras que la entidad protagonista está obligada a transitar esta soledad y desesperadamente busca generar un contacto, los habitantes de esta casa sufren de distancias autoimpuestas. Con gran poética, Soderbergh consigue alcanzar un bienvenido toque esperanzador, en donde lo inexplicable deja un margen para que la fe florezca. A través de la fantasía nos recuerda cómo en la memoria, o hasta en el dolor, el amor realmente sobrevive al tiempo y trasciende a la muerte misma.
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