Realidad y poética

“Nuestra tierra” de Lucrecia Martel: ¿quiénes cuentan nuestra historia?

Entre la ciencia ficción y el true crime, la realizadora salteña parte del asesinato de Chocobar para indagar en desigualdades históricas.

por | Mar 6, 2026

El de Lucrecia Martel no es el primer nombre que acude a la mente cuando pensamos en el cine de género. Sin embargo, a lo largo de su carrera ha procurado usarlo como antídoto contra el prestigio. Así lo contaba en una entrevista de Vice hace algunos años:

Les puse los títulos más cine de terror clase B que pude a mis películas, pero desgraciadamente todo el ‘cine de autor’ cae en esa categoría de ‘intelectual, que es la forma con la que el mainstream nos saca de juego. […] No me sirvió que mis películas se llamaran La ciénaga, La mujer sin cabeza, para escapar a esa categoría”.

Lucrecia Martel presenta Nuestra tierra (2025).

Este fracaso no parece haber disuadido la estrategia de Martel, que en Nuestra tierra (2025) vuelve a usar el género para mirar el mundo de manera diferente. Esta vez el prisma no es el terror sino la ciencia ficción para mirar la realidad misma, en el primer largometraje documental de su carrera.

El poster que Alejandro Ros diseñó para la película ya anticipa el gesto. El color verde furioso, el nombre de la realizadora que se desliza en diagonal por la ladera de un monte y parece a punto de colisionar con el título en imprenta mayúscula, remite a la gráfica de las películas de Hollywood de los años 50’: El día que la Tierra se detuvo (1951), El planeta prohibido (1956), La Tierra contra los platillos voladores (1956). Si aquel cine enmascaraba el terror soviético en la figura del extraterrestre, el Otro por antonomasia, Martel subvierte esa iconografía para mirarnos desde los ojos del presunto invasor o, mejor dicho: para mostrarnos como invasores en nuestro propio planeta.

¿Qué Otro más evidente para una Argentina que se asume blanca y europea que el indio, esa figura que se vuelve reservorio de todo prejuicio, todo indicio de fracaso de una nación fundada sobre la negación de su propio origen? El asesinato de Javier Chocobar, integrante de la comunidad Chuschagasta en el norte de Tucumán, durante un intento de desalojo, es el punto de partida de un relato que se anticipa como el más convencional de la carrera de Martel.

Nuestra tierra, el primer documental de Lucrecia Martel, toma como punto de partida el asesinato de Javier Chocobar.

Hay un crimen, un juicio en curso, mentiras a desenmascarar y suficientes imágenes de dron para integrar el catálogo de true crime en cualquier plataforma de streaming. Para una realizadora que insiste en la necesidad de encontrar nuevas narrativas como alternativa a los modelos hegemónicos, los primeros minutos de Nuestra tierra resultan insólitos y contradictorios. No se parece a ninguna de sus películas y su estructura promete parecerse a la de muchas.

Pero el de Martel es un cine drag, que se monta con ropas reconocibles para pivotar hacia otros lares. Así es como sus drones devienen pequeños platos voladores que permiten develar verdades (contradiciendo explícitamente testimonios en el juicio) y ubicar al hombre en el espacio con una mirada cuasi divina, que vuelve a sus mezquindades minúsculas dentro de la inmensa belleza del paisaje.

Eventualmente, la narrativa judicial se decanta por otras vertientes, más orientadas a individualizar a los miembros de la comunidad, sus historias y sus sensibilidades. Partiendo de un material caótico, pixelado, casi incomprensible como el registro del violento asesinato de Javier Chocobar, Lucrecia Martel realiza su propia Blow-Up (1966): haciendo zoom encuentra la verdad y, en ella, la belleza de las imágenes fotográficas del propio Chocobar.

El uso de las fotografías del propio Chocobar se convierte en vehículo de búsqueda tanto de la verdad como también de la belleza.

“¿Usted cree en Dios?” es una pregunta que se repite insistentemente a lo largo del juicio. La religión es otro punto para delimitar la otredad, un rasgo de superioridad que permite distanciar a los asesinos de esos seres humanos de la comunidad que se expresan distinto, tienen un color de piel distinto, y se organizan comunitariamente de manera distinta. Irónicamente, la mayoría son católicos.

El cine de Martel tiene con la figura de Dios una relación ambivalente: desde la aparición de la Virgen arriba de un tanque de agua en La Ciénaga (2001) hasta la misión de salvar el alma de un acosador en La niña santa (2004), su cosmogonía no cierra del todo la puerta a la fe, pero tampoco la abre demasiado.

Los Chuschagasta creen en un Dios que los españoles representaban como su castigador, alguien que venía a poner orden entre las razas superiores e inferiores. El racismo -como expresa Martel en la película y como sostuvo en la reciente entrevista que le realizó Pedro Rosemblat en Gelatina– es la máxima construcción ficcional, tan sci fi como esos platos voladores y marcianos que venían a invadir desde otros planetas.

Lucrecia Martel hace uso de imágenes satelitales en el espacio en Nuestra tierra.

Los primeros minutos de Nuestra tierra resultan, al respecto, particularmente reveladores: imágenes satelitales del espacio, en el cual retumba el Kyrie de la Misa Criolla en la voz de Mercedes Sosa. Si la ciencia ficción norteamericana tiene en 2001: Odisea del Espacio (1968) al niño de las estrellas unido de manera indeleble con Así habló Zaratustra, el cine argentino tiene a partir de ahora otra unión imagen-música inolvidable.

Los coros resuenan en el éter y, a medida que nos acercamos a las yungas tucumanas, reiteran la oración: “Señor, ten piedad de nosotros”. Nuestra tierra podría también leerse como Nuestra Tierra, el planeta en el cual somos nuestros propios invasores.

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Andrés Brandariz

Andrés Brandariz nació el 14 de Diciembre de 1993. Es Diseñador de Imagen & Sonido, carrera en la que fue docente. Estudió Guion Cinematográfico en la ENERC. Director, asistente de dirección y guionista, alterna estas actividades con la escritura sobre cine para diversos medios. Escribió y dirigió ANA (2015) y Las Cuatro y Media (2020) -beneficiario de Mecenazgo Cultural, seleccionado en varios festivales internacionales-. Dirigió La Trama de la Frontera (2020) para Ministerio de Cultura de la Nación. Escribió los cortos La Marea (2022) y El Todo y las Partes (2023), seleccionado en el 25º BAFICI. Actualmente escribe su primer largometraje.