Para hacer a un lado la maleza en torno al debate que se generó por la accidentada biopic Michael (2025, Antoine Fuqua), hay que decir que quizás esta obra contundente pero despareja alumbra un nuevo tipo en el género: el de las películas performáticas. Y no lo digo por los bailes en plena función que se viralizaron en las redes sociales (en mi sala no hubo nada de eso) sino por la forma del público de relacionarse con el film, antes y después de la proyección.
Vamos a los ejemplos: en el ingreso de cualquier cine del mundo, ya sea en Estados Unidos, el Abasto de Buenos Aires o en nuestro IMAX de Vicente López, se ven montones de personas de todas las edades lookeadas como Michael Jackson y bailando al ritmo de las gemas de los álbumes Thriller (1982) y Bad (1987).

Pero a no alarmarse: es un comportamiento lúdico que no siempre se traslada a las salas sino que configura una celebración previa. Una forma de la audiencia de sumar su propio homenaje al homenaje que ya suponía el film (al menos en mi función). Y lo mismo al final, durante la secuencia de títulos: en mi proyección nadie se levantó de sus asientos, el público se quedó cantando y bailando en sus butacas hasta que se prendieron todas las luces. En mis más de 30 años yendo al cine, nunca había visto algo así.
¿Es suficiente para valorar una película? Desde luego que no, pero por lo menos es un buen punto desde donde empezar. ¿No estamos pidiendo más compromiso con el cine? ¿No queremos una relación más considerada y atenta con las películas?
Inesperadamente, incluso después de un largo tiempo de controversias internas (que veremos a continuación), Michael consiguió despertar al público. ¿Qué tiene una obra que genera esas reacciones en la audiencia?
Hacia una nueva era

La película no podía llegar en un momento de mayor fatiga para las biopics musicales, que en los últimos años habían sido lanzadas al público desde una cinta transportadora con experimentos más o menos artificiales. Un período brumoso que había empezado con la confusa Bohemian Rhapsody (2018) y terminado en el arrebato alocado de Better Man (2024, Michael Gracey) y el registro taciturno de Deliver Me From Nowhere (2025, Scott Cooper).
A eso se sumaron los litigios que hubo puertas adentro de este proyecto: cuando se había anunciado a fines de 2022, con Antoine Fuqua a cargo de la dirección, se había dicho que el film abarcaría todos los aspectos de la vida de Michael Jackson. Inclusive las denuncias por abuso sexual de menores en torno a Neverland (y que exhibe riguroamente el documental Leaving Neverland, de Dan Reed).

Pero algo pasó en el camino, el tercer acto del film fue cambiado y Fuqua debió ceder ante la presión de la producción para modificar el final de la película. Que estaba pensada para terminar con el proceso judicial que Michael Jackson afrontó a principios de los ‘90.
En su lugar se usó entonces material de las giras ‘Victory’ (la última junto a los Jackson 5) y el inicio del ‘Bad World Tour’, en 1988, lo que terminó acercando al film más a un compendio de registros en vivo como Bohemian Rhapsody que a una biopic compleja que abarcara todo los aspectos de la vida del artista más grande de la música moderna.
Qué pasó finalmente
Según filtraciones de la producción citadas por Variety, hubo una cláusula en un acuerdo con uno de los denunciantes de Jackson (Jordan Chandler) que impedía mencionar el caso en cualquier producción que se encarara sobre el artista. Esa restricción obligó a resetear el final de la película, que a su vez había sido ideada como la primera de dos partes. Y eso no cambiará, visto el arrollador éxito del film en los cines de todo el mundo.

El rodaje tuvo lugar en 2024 y los reshoots se hicieron en junio del año pasado: tomaron 22 días extra en Los Angeles y esos costos de producción –unos 15 millones de dólares, para un presupuesto que había sido de 155 millones– fueron asumidos por los herederos del cantante: el abogado John Branca; la ejecutiva Karen Langford y Prince Jackson, uno de sus hijos. Eso les permitió a su vez ganar un lugar en la mesa de accionistas de la película.
El resto de la familia Jackson estuvo dividida en torno al proyecto desde el día uno: Bigi y Paris, los otros dos hijos de Michael, no participaron en la producción. Lo mismo que Janet Jackson, una de sus hermanas, quien también declinó la oferta.
Por todo esto, y más allá de su apabullante factura musical –que puede hacerte mover en tu asiento–, el cimbronazo que sacudió la estructura de la película se hace evidente a lo largo de la narración, que en términos de construcción de personaje venía dando señales de alarma sobre lo que pasaría con el protagonista en los temibles años noventa. De ahí que el film deje la sensación de haberse quedado a mitad de camino entre su intención de complacer a las masas con la glorificación del cantante y responder a la vez al rigor histórico.

Lo que viene
Michael Jackson es interpretado con asombroso magnetismo y destreza por Jaafar Jackson, hijo de Jermaine Jakcson (uno de los Jackson 5) y sobrino del homenajeado. Desde la voz hasta la destreza en el baile, es una performance camaleónica y vulnerable digna de los premios (y más habiendo debutado en la actuación).
Colman Domingo y Nia Long, por su parte, se ponen en la piel de Joe y Katherine, los padres del artista. Hasta Miles Teller tiene una participación cercana a la caricatura (otra vez el registro de Bohemian Rhapsody y sus sucedáneas) en el papel de John Branca, el representante todoterreno que tuvo el cantante.
En su primer fin de semana la película recaudó 217 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en un éxito descomunal al consagrarse como el mejor estreno de una biopic musical de la historia.

Lo dicho: la gente baila en los cines, se disparan las reproducciones en las plataformas musicales, el tema domina las redes sociales y vuelve una suerte de ‘Michaelmanía’ en un público que parecía aletargado por fuera de las producciones seriadas. La potencia de un artista único pasada por el filtro del cine.
Si la película finalmente alumbrará un nuevo tipo de biopics musicales, dedicadas a coexistir simultáneamente dentro y fuera de la pantalla -orientadas tanto a lo cinematográfico como a lo que ocurre adyacente la película-, quedará por verse. Lo que sí es seguro es que, ante tamaña recepción en todas las latitudes del mundo –inesperada incluso para los propios realizadores–, la segunda parte tendrá luz verde más temprano que tarde. Cómo se encare será otra historia.
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