En el escenario, Érica Rivas no interpreta: arde. Matate, amor —la adaptación teatral de la novela de Ariana Harwicz dirigida por Marilú Marini— es una experiencia más que una obra. Un viaje a la mente de una mujer que, entre el llanto de su hijo, el tedio rural y la promesa del amor familiar, siente cómo su identidad se resquebraja hasta volverse un campo de batalla.
Rivas se apropia del texto como si fuera un organismo vivo. No busca agradar, ni conmover: muerde las palabras, las escupe, las abraza. La actriz despliega una fisicalidad cruda, una voz que muta entre lo íntimo y lo animal, y un humor feroz que atraviesa la oscuridad. Desde el primer instante, la obra se instala en un terreno incómodo: el de la maternidad como territorio de deseo, rechazo, agotamiento y pulsión.
El bosque como espejo
La puesta, diseñada por Coca Oderigo y dirigida por Marilú Marini, crea un ecosistema donde lo natural y lo mental se funden. No hay un bosque “afuera”: todo sucede adentro de la protagonista. Las ramas, los sonidos, las sombras y los silencios funcionan como extensiones de su pensamiento, un paisaje que late al ritmo de su respiración. La iluminación y el diseño sonoro acompañan los cambios de ánimo con precisión quirúrgica, sin subrayar.

Marini propone una dirección que no traduce ni explica, sino que deja espacio para el misterio. Rivas entra y sale del personaje, se distancia, se traviste, se multiplica. Hay momentos donde el teatro se desarma a sí mismo —un guiño a la conciencia de artificio—, y otros donde la emoción se vuelve insoportable de tan cercana.
La maternidad como zona de guerra
Matate, amor desarma uno de los mitos más sólidos del imaginario colectivo: el de la madre amorosa, incondicional, iluminada por el instinto. Aquí, la maternidad es animal, pero no angelical; es carne, ruido, sudor, pensamientos impuros. La protagonista oscila entre el deseo de amar a su hijo y el impulso de desaparecer. La culpa se mezcla con el placer, la ternura con la rabia.
Lejos de la victimización o la idealización, la obra explora esa fractura con una lucidez brutal. Harwicz escribe desde el cuerpo, y Rivas lo encarna con una entrega que no teme lo feo ni lo contradictorio. En escena, cada gesto, cada respiración, parece una declaración política sobre lo que el patriarcado exige que una mujer calle.

Érica Rivas: el cuerpo como lenguaje
Ver a Érica Rivas en Matate, amor es presenciar una transformación total. Su presencia escénica es eléctrica: hay vulnerabilidad, humor, violencia y ternura en un mismo movimiento. Su trabajo trasciende el texto; es un exorcismo poético. La actriz rompe con la imagen popular construida por años de televisión y vuelve a recordarnos por qué es una de las intérpretes más intensas y lúcidas del teatro argentino.
En su propio cuerpo, Rivas encarna esa incomodidad femenina contemporánea: el cansancio de ser mirada, la necesidad de gritar sin permiso, la tensión entre lo doméstico y lo salvaje. En sus manos, Matate, amor se convierte en una danza entre el deseo y la asfixia.

Una experiencia sensorial y política
No es un espectáculo complaciente. Su lenguaje fragmentado y poético exige al espectador un compromiso activo: hay que dejarse atravesar por la incomodidad para entender su potencia. En algunos tramos, la densidad puede resultar desafiante, pero es justamente allí donde la obra revela su fuerza: en su negativa a simplificar.
La maternidad, el amor y la extranjería —temas nodales de la novela— se resignifican en la escena como alegorías del cuerpo femenino contemporáneo: el cuerpo que no encaja, que desea y se culpa, que sueña con huir.

Epílogo
Matate, amor no busca redención ni moraleja. Es una invitación a mirar de frente lo que el discurso social suele esconder: que el amor puede ser violento, que la maternidad puede doler, que el deseo también destruye. En un país donde el teatro sigue siendo un espacio de resistencia, la unión entre Harwicz, Marini y Rivas da lugar a una pieza feroz, poética y profundamente humana.
Rivas no actúa: se ofrece en sacrificio. Y el público, conmovido y perturbado, asiste a un ritual que no se olvida fácilmente.








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