La maternidad romantizada es un tópico alrededor del cual Almodóvar siempre gravitó, siendo el tema central de algunas de sus historias como la ya clásica Todo sobre mi madre (1999) o uno de los tantos puntos centrales que gusta de revisitar, como es el caso de la relación entre el autorreferencial protagonista y su progenitora en Dolor y Gloria (2019). En Madres Paralelas (2021), el tema aparece como el eje central, pero se expande y complejiza al entrelazar la historia de sus protagonistas con un relato sobre la memoria histórica española.

Ya conocida por ser de las últimas musas y actrices fetiche de Almodóvar, Pénelope Cruz interpreta a Janis, cuyo camino se cruza con el de Ana (Milena Smit), una adolescente con la que comparte la habitación del hospital, mientras ambas se encuentran en la recta final de sus embarazos. Unidas por esta particular experiencia en común, las dos mujeres intercambian sus números telefónicos, pero la crianza de sus hijas hace que sus caminos inicialmente se dividan.

Ambas están encantadas con sus nuevas vidas, pero Janis comienza a notar la carga que ser una madre soltera representa. El padre de la nena, Arturo (Israel Elejalde), un antropólogo forense que había accedido a ayudarla a encontrar las fosas comunes donde familiares y miembros de su pueblo natal fueron enterrados durante la Guerra Civil Española, es casado y, al tener a su mujer enferma, no se atreve a poner fin a esa relación. Janis no le tiene rencor, ya que había tomado la decisión de transitar este nuevo camino en soledad, pero un comentario de él hace que ella comience a ver a la beba desde otro ángulo.

Es a partir de entonces donde empieza a aparecer el melodrama con las típicas vueltas que Almodóvar tanto disfruta, pero mostrando que los años no pasan en vano, al presentar una madurez ganada en las últimas décadas. Su Janis, moderna como se la ve a simple vista,  representa la tradición. Es capaz tanto de formar una familia atípica y ser la cabeza del hogar, como de mantenerse aferrada a las raíces que la unen a su tierra. La Ana de Smit refleja la inocencia de la juventud que desea mirar adelante y casi ignorar las heridas pasadas. Ambas actrices se ponen al hombro el potente guion de uno de los cineastas más reconocidos del cine europeo, con la elegancia de alguien que ejecuta una gran tarea haciéndola parecer fácil.

Como es de esperar, en los aspectos visuales el director nos entrega aquello a los que nos tiene acostumbrados. Quizás con un kitsch menos marcado que aquella estética presente en películas anteriores, Madres Paralelas tiene su típica paleta de colores saturados y composiciones minuciosas, dando un preciosismo a la imagen que logra que nuestros ojos paseen por cada rincón de sus encuadres. Hay un fuerte contraste con los espacios que él relaciona con lo tradicional, retratándolos con colores aferrados a la tierra y sobrios derivados de la naturaleza.

Lo más destacable es, sin duda, la naturalidad con la que lleva esos tonos tan contrastantes, tanto visuales como en temática, a conectarse de forma orgánica. Con un mensaje que pisa fuerte en la España contemporánea, pero que también hacen eco con la historia particular de muchos países latinoamericanos, Madres Paralelas habla tanto de los devenires mundanos que nos hacen humanos, como de aquello que construye la memoria de una comunidad. Mientras ya desde su título insinúa esta danza entre la historia individual y la colectiva como algo, justamente, paralelo. Lo personal es político.

Si bien en España la película fue estrenada el año pasado, es una alegría que finalmente podamos disfrutarla ya en los cines de nuestro país, en una época en donde el cine de autor es más escaso en nuestras salas. A partir del 18 de febrero también podremos encontrarla disponible en streaming en el catálogo de Netflix.

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