«¿Sentís cómo está el aire? Es diferente al de Argentina», dije. «¿Diferente cómo?», preguntó. «No sé… como seco, como que acá respiro distinto», agregué, sin saber cómo verbalizar lo que en realidad era indescriptible. Mientras agarraba la valija y la ponía en el baúl del auto, yo solo quería salir de ese estacionamiento, ir hacia la superficie, dejar Heathrow y ver el cielo. Cuando sucedió, Londres se me presentó como una película. Yo, su espectadora embelesada. Miraba por el vidrio del auto y se me caían las lágrimas. Había soñado desde chica estar allí. Cuando llegamos a la casa, sus amigos me recibieron con un entusiasmo proporcional a mis ganas de seguir indagando en la ciudad. Entonces, salimos a caminar. Después, tomamos un colectivo. El subte, también. No había terreno que quedase sin explorar. Además, nació un ritual. Mientras esperábamos que llegase un nuevo colectivo, él tomaba su iPod y me ponía una canción desconocida para mí. Y un día, todo se unió. El aire, los detalles de la ciudad, su abrazo protector, y «Conversation 16» de The National sonando en mis oídos.

En ese momento no lo sabía, pero esa banda me acompañaría por muchos años, hasta hoy, cuando vuelvo a escuchar ese tema y estoy de nuevo en esa calle esperando ese colectivo. Recuerdo que en ese instante pensé que las frases «live on coffee and flowers» y «we belong in a movie» me parecían las más románticas del mundo para hablar de una relación totalmente abstraída del entorno. Porque así estaba yo. Abstraída. Luego armamos playlists, viajamos en auto a Bristol, y también metí en la mochila todo lo necesario para disfrutar sola del festival de Glastonbury. Todo se me hacía eterno. Lo que me unía a él, también. Pero no se puede vivir de café y de flores, y las películas tienen un principio y un final. Como Like Crazy.

Muchacho ojos de miel

La película con la que me enamoré de Anton Yelchin

Conocía a Anton Yelchin por otros personajes, pero cuando lo vi en Like Crazy (2011) un año después de pisar Londres por primera vez, sentí que me estaba interpelando. El actor nacido en Rusia, quien era más frágil de lo que aparentaba, interpretaba a Jacob en esa historia, un joven que se enamoraba de Anna (Felicity Jones), una estudiante de intercambio británica que altera su mundo súbitamente. Como todo golpe al corazón. «Slowly, and then all at once». Encontrarme con Like Crazy en esa etapa de mi vida era creer que Drake Doremus había escrito y dirigido una película a la que yo no iba a poder soltar por mucho tiempo. Y por mucho tiempo, así fue. El poder del cine y sus fotogramas.

Cuando leí que Anton había muerto, podría haber pensado en Rudderless (2014), en las canciones de ese drama que también vi muchas veces, en él con su guitarra, en las melodías que interpreta. Sin embargo, pensé en Like Crazy, en ese joven lacónico de mirada prístina que no sabía cómo manejar el destino inevitable de su vínculo con Anna: una relación a distancia que los consume de a poco. El fotograma que me asaltó fue el de Anton/Jacob en un subte de Londres con sus ojos clavados en su novia, quien lo contempla en silencio. Todo está implícito. En ese espacio entre los dos reside la única verdad posible, la inevitable ruptura.

Adiós a la fábula

La película con la que me enamoré de Anton Yelchin
Felicity Jones y Anton Yelchin en Like Crazy

Doremus se inspiró en su propia vida para escribir Like Crazy junto a Ben York Jones, en un noviazgo que no pudo resistir la distancia y que fue languideciendo hasta perecer. «Son las mitades las que te quiebran por la mitad», dice Anna en la película, cuando el amor que tenía con Jacob lo conquistaba todo. La interpretación de Anton fluctúa entre esa efervescencia primigenia y una tristeza perenne que empieza a inmiscuirse en el relato para revestirlo por completo. Ahora mismo miro el DVD de Like Crazy que está en mi biblioteca juntando algo de polvo mientras escribo estas líneas, y pienso en cuánto hace que no la veo y en cómo, a pesar de eso, la imagen de Anton en el final me genera una angustia intensa e indeleble. Tiene sentido, supongo. Anton era un artista intenso, y había mucho de sí mismo en sus personajes. Por eso, su arte persiste y resiste.

Hace seis años que murió y hace bastante más que no hablo con quien puso las canciones en mi iPod. Su rostro y el de Yelchin en esa película se funden en uno, una etapa de mi vida estará por siempre asociada a lo que hace el actor en esa obra que empieza como una utopía y que luego la destroza. «I want you, I need you, I miss you, I love you… Like crazy», se dicen los protagonistas. También recuerdo la silla que Jacob le construye a Anna para que escriba más cómoda y, una vez más, se me aparece esa última mirada de «Antosha» (como le decía su mamá) que llega antes de los créditos. Una que se quedó conmigo y que, como todo lo genuino, difícilmente se evapore. Es que hay demasiada verdad en ella.

Siempre me gustó esta frase de una canción de Estelares: «No hay palabras al silencio y te extraño de corazón». Hoy no se la dedico a quien me despedía en el aeropuerto como sabiendo que ese era el fin. Hoy se la dedico a Yelchin, ese joven que en sus 27 años vivió mil vidas en una. Quizás todos pertenezcamos a una película, como presagiaba The National. Anton, con sus ojos cristalinos, me hizo sentir que Like Crazy había sido hecha para mí. Como el aire de Londres. Como todo lo que sale desde el corazón.

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