Como cada vez que surge una serie de éxito repentino e inesperado en la plataforma de streaming, se pone en tela de juicio si realmente es tan buena como para justificar su popularidad o es otro producto pasajero de la era del maratoneo salvaje. Squid Game (2021) es un poco de las dos cosas, mezcla de producción de calidad con fenómeno cultural, y esa combinación explosiva la ubica como la gran favorita del año.

Por un lado, apela a una generación fascinada por la cultura coreana, los memes y la inmediatez de la temporada completa. Por el otro, se inscribe en la tradición de los survival games japoneses, con la crueldad que los caracteriza, pero también con la profundidad psicológica que las ficciones orientales saben imprimirle a sus historias y personajes, así como la crítica social que reinventan una y otra vez sin repetirse. Sumado a todo esto, su gran diferencial recae en su aspecto visual, con un diseño de producción muy atractivo y rico en simbolismos.

El Juego del Calamar es una dinámica con reglas muy sencillas que los coreanos juegan popularmente en su infancia, al igual que los otros cuatro juegos de niños a escala que integran esta competencia a muerte. Todo comienza con “Luz roja, luz verde” (una versión local de nuestro “Cigarrillo 43”), que se jugaba en las décadas del ‘70 y ‘80 en las calles de Corea del Sur. La que coordina el juego es una muñeca robótica gigante, que -con una canción infantil y siniestra- les indica a los jugadores cuándo avanzar y cuándo parar, a riesgo de morir acribillados si se mueven. Los juegos de niños, que cumplen la doble función de conectar con la nostalgia de una época donde todo era más simple y simbolizar la pérdida de la inocencia, no hacen sino subrayar la crueldad de esta competencia y la conexión con los instintos primigenios de los jugadores.

Pero ¿quién aceptaría participar de semejante atrocidad? Los primeros dos episodios de El Juego del Calamar se encargan de construir un verosímil -peligrosamente parecido al mundo real- en el que la desesperación de los participantes por ganar dinero fácil los lleva a caer en un círculo vicioso de apuestas, estafas y necesidad. El protagonista es Seong Gi-hun, un buscavidas de mediana edad (interpretado por el talentoso Jung-jae Lee) que vive con su anciana madre y le roba para apostar en las carreras de caballos, mientras espera ganar suficiente dinero para quedar bien delante de su hija. En un giro desafortunado que amenaza su integridad física, aparece la alternativa del misterioso juego como una salvación posible. La serie se toma casi dos horas para que esta no sea una decisión sencilla, sino un complicado y perverso juego psicológico a base de necesidad y desesperación.

Así se construye a fuego lento este siniestro mundo poblado de presas fáciles dentro de un sistema desigual que manipula a los más desafortunados, enfrentando a unos contra otros bajo la ilusión de que tienen la posibilidad de elegir si siguen jugando o no. Y es esa misma ilusión la que mantiene a los personajes peleando hasta las últimas consecuencias, en la esperanza de que puedan cambiar su desgraciado destino a base de esfuerzo y perseverancia. Tan bien funciona esta lectura social en distintas partes del mundo, que la serie ya se convirtió en una de las más exitosas en la historia de Netflix y sigue rompiendo récords. Pero cuando su creador la concibió, su idea era interpelar al público de Corea del Sur y jamás imaginó el éxito que sería a escala global.

Inspirado por mangas japoneses germinales del género como Battle Royale (2000), As the Gods Will (2011) y Alice in Borderland (2010), el director Hwang Dong-Hyuk quiso trasladar la idea de los juegos de supervivencia a la sociedad coreana, y estuvo más de una década para desarrollar la historia que finalmente llegó a nuestras pantallas recién a mediados de septiembre de 2021. Ya sea por falta de visión o de presupuesto, Hyuk no conseguía financiación para su serie y su guion era considerado muy violento y con poca salida comercial.

“No conseguí reunir suficiente inversión, el casting fue difícil, intenté sacarlo adelante durante un año, pero luego lo dejé dormir.”

En 2018 Netflix anunció que produciría la serie, otorgándole control creativo a su guionista y director. Y todo se alineó para convertir a El Juego del Calamar en la serie más vista y recomendada de la plataforma: una coyuntura cultural en la que Corea del Sur se posiciona como una de las potencias creativas del mundo, un elenco que consiguió una rápida fanbase a fuerza de interpretaciones contundentes, un guion pensado y desarrollado a lo largo de años, una impecable puesta en escena de coloridos e intrincados escenarios, el paralelismo entre ricos y pobres con el privilegio como única diferencia y otras poderosas analogías sociales, que hicieron de esta serie un fenómeno que está camino a convertirse en lo más visto de la historia de Netflix, según Ted Sarandos.

«Squid Game definitivamente será nuestro mayor programa en otro idioma que no sea inglés en el mundo, sin duda. Existe una gran posibilidad de que sea nuestro programa más grande de todos los tiempos.»

El director ejecutivo de la plataforma de streaming realizó estas declaraciones en la conferencia Code Media 2021 de Vox, abriendo la puerta a especulaciones sobre los millones de espectadores que vieron la serie y una posible segunda temporada. Sin embargo, su creador parece estar bastante lejos de esa posibilidad, ya que concibió la idea originalmente como una miniserie y quedó agotado luego del extenuante proceso de años del producción. Todo dependerá de sus ganas de atarse a este proyecto, ya que -en base al éxito conseguido- la responsable de programación de Netflix aseguró que tratarían de hacerlo funcionar. Mientras tanto, los fans ya inundaron las redes sociales con teorías sobre el futuro de la historia y sus personajes.

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