En una época en donde muchos de los productos que vemos en nuestras pantallas son adaptaciones de libros o cómics, es difícil olvidar la poca suerte que Hollywood ha tenido cuando el material original es un anime. Cowboy Bebop, ícono de la animación nipona en los noventa, fue durante años foco de rumores, pero el proyecto siempre quedaba en la nada misma. Es por eso que resulta difícil de creer que finalmente la Bebop haya vuelto a nuestros televisores. Pero ¿realmente merece la mala crítica que se le dio?

Desde un comienzo, la adaptación de Netflix se presentó con varios aciertos. Para empezar, el creador de la serie original, Shinichirō Watanabe, hizo de consultor para los showrunners del live-action. Por otra parte, la grandiosa Yoko Kanno se encargó una vez más de la banda de sonido, luego de haber convertido al anime original uno de los más memorables en cuanto a música se refiere.

El reparto principal también es otro de los puntos fuertes. John Cho hace justicia a un rol tan grande como lo es el de Spike Spiegel, sabiendo llevar tanto ese humor cínico como dar atisbos de vulnerabilidad, mientras lucha por mantener escondidas sus cartas bajo la manga. Su dinámica con el Jet Black de Mustafa Shakir funciona, Jet continúa siendo la voz de la razón mientras su paciencia parece pender de un hilo, mientras que la Faye Valentine de Daniella Pineda es ruda y con un vocabulario digno de un camionero, pero llena de carisma.

Buena parte de los episodios se muestran como reproducciones de una fidelidad que respeta casi el cuadro por cuadro del material original. El prólogo del capítulo inicial, por ejemplo, es un claro homenaje a la película Cowboy Bebop: Knocking on Heaven’s Door (2001). A medida que avanza, la serie toma a los antagonistas de turno y cambia buena parte de los eventos que se desarrollan alrededor de los mismos. Esto es beneficioso en buena parte de los casos ya que, además de abundar los easter-eggs para aquellos que conocen la historia, también les provee algo nuevo que presenciar. ¿Qué sentido tendría una fotocopia cuando ya tenemos al inigualable producto original?

Teniendo en cuenta que este anime en su momento destacó por la clara influencia y múltiples referencias al cine estadounidense, su estilización logró diferenciarla de otras animaciones que en los noventas ofrecía la televisión japonesa. La adaptación de Netflix no podía causar el mismo impacto siendo autorreferencial. Es por eso que un estilo camp se advierte en la manera en que está llevada a cabo la serie, permitiendo de cierta manera caricaturizar la puesta en escena sin llegar al límite de lo absurdo.

También la intención de mostrar un hilo conductor es aún más evidente dentro de la adaptación. Son Vicious (Alex Hassell) y Julia (Elena Satine) quienes parecen tener gran parte del peso de aquello que ata estos capítulos autoconclusivos, permitiendo de esta manera que personajes apenas vistos en el anime original tengan más protagonismo y que su participación, tan clave en los episodios finales, no resulte un exabrupto.

Y es que en el original, ambos personajes eran bastante arquetípico: Vicious era calculador pero bestial, infundiendo miedo con su simple presencia. Julia una mujer misteriosa, como una vaga aparición en un sueño. Estos personajes pueden parecer bidimensionales, pero jugaban sus papeles maravillosamente en sus justas y medidas participaciones.

La adaptación busca dar profundidad a todo el elenco. En el caso particular de Jet, este pasa de ser el padre simbólico de la nave a literalmente tener una hija, presentándolo así con nuevas pero coherentes facetas. Anastasia también se ve beneficiada, con un rol mucho más importante en la serie que las insinuaciones que el anime dejaba entrever. Pero en el caso particular de Vicious y Julia, así como aún más evidentemente con un personaje que hace su aparición en los minutos finales de la serie, estos roles no se trasladan bien al live-action. Al intentar justificar las acciones de Vicious, la inherente maldad pasó a convertirse en un desesperado grito por mostrar la valía de un hombre desequilibrado, que por momentos roza en el patetismo. Por contrapunto, se muestra la superioridad de Spike en flashbacks que resultan reiterativos, ahí donde el animé cuenta la misma historia en cuestiones de minutos y sin necesidad de diálogos.

Julia podría haber salido ganando en esto, al expandir su agencia personal. Lamentablemente, ese intento de sorprender a los fans con el giro argumental que la involucra solo logra empobrecer al personaje, ya que sus motivaciones no tienen ningún tipo de desarrollo. Ambos actores son buenos, pero las carencias en el material con el cual trabajan se hacen notar. Sin contar el hecho de que la pobre manufactura de sus pelucas ayuda poco.  Hasta el camp tiene sus límites.

El live-action de Netflix consigue muchos méritos: el espíritu de la serie aparece en varias instancias y hay una clara búsqueda tanto en cuestiones técnicas, como en el desarrollo de los personajes, pero la complejidad que los envuelve se evapora. La mayor tragedia es sin duda la perdida de la dimensión emocional, la crítica social y las sensibles metáforas con las cuales se embellecía el relato. Al final del día se puede entrever el cariño puesto en el producto final, pero las torpezas en su ejecución proyectan la sombra de la versión original de forma aún más pronunciada, haciendo que la adaptación se sienta como un fanfiction.

Los enormes zapatos que intentaron llenar convertían a la hazaña en una proeza imposible y la casi nula promoción dentro de la plataforma no ayudó a atraer la atención de los desentendidos. Es una pena que no se haya dado lugar a intentar arreglar los fallos, pero acaso ¿había forma de cambiar el curso de la nave en una segunda temporada? Nunca lo sabremos pues el servicio de streaming decidió cancelar la serie abruptamente, tras los números obtenidos en su primer mes de emisión. Por lo menos, nadie nos quita la soberbia serie original, que sigue disponible en la plataforma.

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