En medio de la avalancha de secuelas, remakes, reboots, precuelas y multiversos de las películas de grandes presupuestos de Hollywood también hay intentos por recuperar la pureza y encanto de la acción clásica de aquellas producciones de acción de los ‘80 y ‘90, hijas estilizadas de las retorcidas entregas urbanas que había parido la década del ‘70. Vista así, la llegada de un nuevo proyecto de este tipo siempre es digna de celebración, y más si en su guion se encuentra involucrado nada menos que Sylvester Stallone, convertido a esta altura en un factotum incombustible.
A Working Man (2025), nuevo capítulo de la dupla David Ayer–Jason Statham estrenada esta semana, prometía eso y mucho más, aunque a la luz de todos los elementos creativos que estaban reunidos terminó quedando a mitad de camino.

Tenemos acá una película de acción clásica post 2000 que tiene al héroe por definición del género (Jason Statham), a un director probado en el rubro (David Ayer, que supo mostrar su buena muñeca en un drama bélico como Fury, 2014) y al propio Stallone en el guión, un autor que sabe potenciar como pocos las emociones humanas que se ponen en juego en esta clase de desafíos.
En definitiva, una apuesta por lo clásico que se hunde en las inclemencias de lo artificial y la falta de gracia, a medio camino del cine de género más logrado de Guy Ritchie (quien también suele recurrir a Statham) y de un telefilm complaciente y sin pretensiones.
Una figura de acción
Statham sabe que, como intérprete, ya está convertido en una fuerza de la naturaleza y a eso parece abocado, sin intentar siquiera imprimir a sus personajes la más mínima emoción. Viene así desde la saga Fast & Furious, siguió así con Guy Ritchie y en los últimos años compuso el mismo retrato duro, frío y autoparódico con Ayer. Hasta se lo nota incómodo en las pocas escenas en las que tiene que entregar algún gesto de humanidad.

Consciente de esa identidad, el actor británico ejecuta sus personajes de la misma manera, como si todas las películas fueran la misma, da prácticamente igual que sea un policía encubierto (Wrath of Man, 2021), un apicultor que estuvo en las Fuerzas Especiales (The Beekeeper, 2024) o un ex miembro del ejército británico devenido en capataz de una obra en construcción que tiene que rescatar a la hija de su jefe, como en este caso.
Desde ese punto de partida, los dramas podrán variar pero dejarán siempre el mismo saldo. Aunque hay un intento en A Working Man de acercarse a “películas de secuestro” como Taken (2008) y la primera de The Equalizer (2014). Como en aquellas, el héroe retirado deberá volver a la acción para rescatar a una joven de las garras de la trata de personas antes de que sea demasiado tarde.

Y así, donde en Taken el protagonista volvía a ponerse el traje de agente de la CIA, en A Working Man el héroe escondido deberá usar nuevamente las ropas de militar británico, mientras reparte golpes a diestra y siniestra. Solo contra todos.
También hay una intención de acercar la figura de Statham al cinismo y la soltura que como héroe de acción tuvo Bruce Willis en los ‘90, aun cuando las diferencias en el rango interpretativo sean evidentes. Pero nada de esto parece preocuparle demasiado a Statham, que probablemente sea el que más se divierta con esta producción de películas seriadas.
El tándem david Ayer-Stallone
El mayor atisbo de luz del film está al principio, que es la única instancia en la que se nota (apenas) la mano de Stallone, quien también funge como productor. El creador de Rocky, que es un autor clásico, presenta un personaje atormentado por el debate interno entre seguir sus impulsos (su esencia) o resignarse a llevar una existencia impuesta por el entorno. Básicamente el conflicto de Rocky Balboa (2006), acaso la más emocionante de toda la saga del célebre boxeador por posarse en el ocaso del personaje.

Con esa base se podría haber desarrollado para A Working Man un drama más elaborado, con las dosis justas de acción (que a eso vamos) y de emoción (que de eso Stallone sabe mucho). En cambio, David Ayer opta por entregar una película genérica, sin personalidad y absorbida por una factura visual tan artificial (de estética de clip musical o videojuego) que torna imposible cualquier identificación con el héroe de turno.
Incluso hay poco de “a working man” en una película que justamente pretende presentar a una héroe de la clase trabajadora, en una adaptación de la novela Levon’s Trade (2014) del autor de cómics Chuck Dixon. Uno, dos, tres y es la película esperable. Sin conflicto ni grandes dramas. Unidimensional. Lo visto y a otra cosa. Desde ese punto de vista quizás sea la primera película de Sylvester Stallone como embajador de Donald Trump.
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