La premisa es sencilla, casi minimalista, como suele ser su puesta. Una celebración que debería ser feliz: el cumpleaños de 40 años de los mellizos German y Emilio. Pero esta fecha tan especial se convertirá en una neurosis. La cotidianeidad se deformará hasta volverse absurda, pero nunca dejará de ser reconocible.
¿Quiénes son y de dónde vienen?
La compañía «Los Sutottos» nació en 2005 con Andrés y Gadiel, dos adolescentes que empezaron como amigos haciendo teatro. A través de los años montaron muchas obras, dieron clases, y se asentaron en el circuito del teatro independiente. Su forma de montar no suele ser a partir de un texto, sino de una «construcción caótica»: tiran una temática existencial (el miedo, la culpa, la amistad) y empiezan a probar.
Si bien ya venían trabajando fuerte en el Konex y el circuito off, el gran estallido fue con Inestable (2015). Con esa obra ganaron la Bienal de Arte Joven, agotaron funciones por años y giraron por toda España y Latinoamérica. Lograron algo difícil: que el «teatro de humor» sea respetado por la crítica académica y amado por el público masivo (un aplauso, por favor).

Su poética: Reírse de lo que duele
Su marca registrada es agarrar una neurosis cotidiana y llevarla al extremo. En Feliz día, podemos ver cómo dialogan con «la dictadura de la felicidad», esa obligación de ser feliz o sentirte culpable por estar viviendo una vida que «no vale la pena ser vivida». Y también, con gran humor, tratan el complejo de Edipo de dos cuarentones que siguen viviendo con su madre. En esta obra, los personajes que encarnan son dos adultos de 40 años emocionalmente detenidos en una etapa que nunca terminaron de tramitar: la infancia.
La madre no está en escena, pero es el eje gravitacional. El complejo de Edipo se manifiesta en esa dependencia absoluta de su aprobación. Los protagonistas preparan la fiesta no para ellos, sino para cumplir con el deseo de lo que esperan, de la familia, y para estar con su madre. El Edipo mal resuelto suele estancar al sujeto en una búsqueda constante de satisfacción que nunca llega. Los personajes usan ropa, modales y berrinches que remiten directamente a la niñez.
Detrás de los globos y el cotillón, Feliz día nos muestra la tragedia de dos hombres que habitan un Edipo sin salida. La risa del público funciona como una válvula de escape ante la incomodidad de ver a dos adultos atrapados en el deseo de una madre que, aun en su ausencia y queriendo que se independicen, sigue siendo para ellos el ojo que mira y determina sus vida. Ellos son por y para su madre.

Además, la rivalidad entre ellos (los «mellizos») es la competencia por el amor único de su madre. Si uno es «el preferido», el otro queda excluido. Esa tensión es la que genera la comedia física de la obra.
VOLVER A REIR COMO NIÑOS
Lo que maravilla de la dupla es el control milimétrico de la energía. No hay un gesto librado al azar. La comicidad no nace del chiste servido, sino de la repetición, del remate seco y de esa capacidad de sostener la mirada hasta que el espectador no tiene otra opción que soltar una carcajada nerviosa. Es teatro físico, nos remite a nuestra infancia cuando nos reíamos sin parar de los payasos, pero con temáticas adultas que nos interpelan.
¡Qué felicidad volver a reír como niños! Al salir del Picadero, uno se queda pensando en cuántas veces convertimos nuestros propios ‘días felices’ en trámites de compromiso. Los Sutottos no solo nos hacen reír; nos invitan a ver la incomodidad que nos une a todos. Si todavía no los vieron, es una cita obligada para entender por qué el humor es, a veces, la única forma de supervivencia.




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