Una bicicleta recorre las calles de Hawkins, el misterioso pueblo en el que conviven portales interdimensionales y monstruos de pesadilla. Un viejo conocido de esta historia arranca el día con su meticulosa rutina y sus costumbres matutinas lo pintan entero como personaje. La secuencia nos va trayendo de vuelta al epicentro de esta historia, pero nos ubica en otro tiempo: 1979, cuatro años antes de los sucesos que dan origen a la serie. 

A pesar del salto temporal, volver a Hawkins se siente como volver a casa. Y esa es la magia de una serie que estuvo ausente de nuestras pantallas durante casi tres años y que vimos por última vez cuando el mundo era otro. Todo era distinto cuando se emitió la tercera temporada, sin embargo volver a ver a sus protagonistas es como volver a ver a un amigo de toda la vida, de esos que no ves hace mucho tiempo, pero que, cuando se ven. parece que no hubiera pasado ni un día.

Lograr generar esa sensación en millones de personas ya es un montón, pero recuperar la esencia de algo que -por un breve y preocupante momento- parecía haber perdido el rumbo, es un mérito doble. Para su segunda temporada, se insinuaba que la primera de Stranger Things (2016-) había sido un golpe de suerte. Una producción basada en el culto a la nostalgia, que se había quedado sin combustible a poco de arrancar. Tanto la crítica como el público coincidieron en que, tal vez, la serie no era tan genial como nos habían hecho creer.

Regreso con gloria

Dicen que cualquiera puede volver de un fracaso, pero solo un genio vuelve de un éxito. Los hermanos Duffer, creadores de este mundo, lograron ambas cosas. Después de una tercera temporada inmensamente superior a la segunda, lograron instalarse definitivamente en el inconsciente colectivo y, a la vez, despejar las dudas sobre la continuidad de la serie de Netflix. Pero con su cuarta temporada llega la consagración, que ubica a Stranger Things como una de las mejores producciones de género del último tiempo en la pantalla chica.

Y no solo eso, sino además un fenómeno cultural indiscutible e imparable. Ya desde su primera temporada, la propuesta disparó una catarata de copias tratando de igualar su fórmula de éxito, impuso el culto a una época y la nostalgia como motor, a través de la reinvención de tropos que parecían desgastados, los homenajes a un tipo de cine casi extinto y el amor a una década a través de la ambientación, la selección musical y la esencia de sus aventuras. Pero nunca se sostuvo solo en esa nostalgia, sino que nos dio personajes entrañables, historias originales en un mar de ideas recicladas y un universo propio tan amplio que todavía no sabemos ni la mitad de lo que hay que saber sobre él.

Si hay algo que esta temporada nos dio hasta ahora, fueron respuestas. Y más preguntas, por supuesto, pero todo se va a acercando a una conclusión que promete ser épica. Aparentemente, los hermanos Duffer tenían todo pensado y bien calculado desde el principio, como si de una aventura de rol se tratase. Y se tomaron su tiempo para construir su universo, explorarlo, expandirlo y presentarnos personajes que nos interesan aún más que los misterios y los monstruos. Que se convirtieron en parte de nuestras vidas y a los que vimos crecer y forjar amistades inquebrantables, a través de experiencias tan traumáticas como enriquecedoras.

Amigos son los amigos

La amistad es uno de los pilares fundamentales de esta serie y los momentos entre personajes son el verdadero espíritu de Stranger Things. Los pequeños descubrimientos, las conversaciones, los chistes internos e incluso las equivocaciones son lo que unen a estos personajes y los vuelven tan humanos e identificables. El espíritu de la serie está en esos pequeños detalles que hacen que sus protagonistas sean tan queribles, que conectemos con ellos y nos importe tanto lo que les pasa, que nos hacen querer volver a Hawkins una y otra vez y vivir aventuras a su lado, aunque tengamos que enfrentar amenazas inexplicables.

Esta temporada hace foco en todas esas fortalezas y las lleva a su punto más alto, logrando un gran balance entre todos sus elementos y encontrando el tono justo para acompañar el crecimiento de su audiencia y sus personajes. Aunque en la vida real pasaron tres años, en Hawkins fueron apenas seis meses, pero las rupturas al final de la temporada anterior fueron tan grandes que repercuten en la trama con el peso justo. Los Byers se mudaron a California junto con Eleven (Millie Bobby Brown), después de dar a Hopper (David Harbour) por muerto, tratando de rehacer su vida lejos de laboratorios siniestros y tragedias del pasado. Pero el comienzo de la temporada 4 los encuentra esperando respuestas de Hawkins y reconectar con sus viejos afectos.

Mientras tanto, la mayor parte del grupo sigue en su secundaria de siempre, viviendo vidas de adolescentes normales con problemas mundanos. En teoría el Upside Down se cerró para siempre y todo parecería indicar que están a salvo. Por supuesto, la paz no va a durar demasiado, pero el primer episodio nos entrega una hora y media de aventuras colegiales al mejor estilo de una coming of age ochentosa, con varias referencias explícitas al género. Al mismo tiempo, y casi por lo bajo, sienta las bases para lo que será la temporada más terrorífica de Stranger Things hasta ahora. Pero esta introducción nos deja disfrutar las inocentes aventuras de nuestros protagonistas, antes de meterse de lleno en el género.

El montaje final entre el juego de rol y el partido de basket es el ejemplo perfecto de cómo cerrar ese mini arco introductorio, dejando el espacio justo para la revelación final del episodio, que dispara todos los sucesos de la temporada. Y que, a su vez, conectará perfectamente el cierre de esta primera parte de la temporada con la secuencia de apertura del primer episodio. Todavía es un misterio por qué Netflix (o los hermanos Duffer) eligieron este formato tan particular de lanzar la temporada en dos tandas desproporcionadas: una de siete episodios, que estrenó el 27 de mayo y otra de dos episodios muy largos, que estrena el primero de julio.

Quizás hubiera sido el momento ideal para implementar los episodios semanales en la plataforma. De todas maneras, los episodios larguísimos de 1:30hs se pasan volando y la temporada invita, una vez más, a la maratón rabiosa que impuso la plataforma de streaming desde sus comienzos.

El Upside Down metafórico

Al principio, todo parece indicar que Stranger Things repetirá su clásica fórmula, que tan bien funciona desde los comienzos de la serie: sucesos misteriosos comienzan a ocurrir en Hawkins, los chicos se escapan de sus padres para investigar, descubren algún monstruo que conecta con la aventura de Dungeons & Dragons que casualmente están jugando y, al fin, aparece Eleven para rescatarlos. Pero, ya desde el primer episodio, queda claro que el villano de turno tiene un modus operandi muy distinto al de los demás, que nuestra heroína ya no tiene sus poderes y que la adolescencia está haciendo estragos en las relaciones del grupo.

Ahora es Joyce (Winona Ryder) quien se “escapa” de sus hijos para irse a investigar, sin ponerlos al tanto de lo que está pasando. También es ella la que sale al rescate de Hopper tras recibir su desesperado pedido de auxilio. A su vez, Eleven, Jonathan y Will (Noah Schnapp) están separados de sus afectos y pasándola bastante mal en California, aunque ella le quiera hacer creer lo contrario a Mike (Finn Wolfhard) en sus cartas. Sin sus poderes, la chica se siente perdida y no encuentra su lugar entre sus pares. Por otro lado, en Hawkins se vuelve a despertar la química entre Nancy y Steve, Lucas se convierte en deportista, su hermana Erica (Priah Ferguson) lo reemplaza en D&D y Max (Sadie Sink) aleja a sus amigos, a pesar de necesitarlos. Es como si todo se hubiera dado vuelta, pero en este plano.

El pueblo de los malditos

El misterioso pueblito de Indiana vuelve a convertirse en el epicentro de esta historia de monstruos y otras dimensiones, pero esta vez la acción se divide en dos locaciones más que mantendrán a nuestros protagonistas separados, propiciando el crecimiento individual de cada uno y aportando nuevos matices a la historia. Al principio da la impresión de que ya son demasiados y que las subtramas no se conectan entre sí, pero todo se va hilando sutilmente para darnos un final revelador y dejarnos con ganas de más. Y no solo eso, sino que los nuevos personajes (en especial el carismático Eddie, interpretado por Joseph Quinn) se acoplan tan bien a la historia y a las dinámicas con nuestro querido grupito, que parece como si los conociéramos desde siempre.

Esa es la magia de Stranger Things. Hacernos sentir como en casa, enamorarnos de sus personajes, trasladarnos a otra época y sumergirnos durante tantas horas en un mundo completamente original, que no depende de ninguna otra franquicia ni propiedad intelectual. Y eso, especialmente hoy, es un mérito extra. Especialmente porque lo hace sin subestimar a su audiencia y, por el contrario, va madurando junto con ella. No solo esta temporada es un triunfo de la imaginación, sino que además, en un mercado que se caracteriza por infantilizar todo para llegar a la mayor cantidad posible de público, Stranger Things apuesta por un tono más maduro, con referencias al género de terror de los ochenta e incluso a casos reales de la época. Y siempre con mucho, pero mucho, corazón. Punto para el streaming y para Netflix.

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