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Strange Days: la distopía de Kathryn Bigelow que anticipó el presente hace 30 años

El filme de ciencia ficción fue revalorizado estos últimos años por la relevancia y atemporalidad de los temas que llevó a la gran pantalla.

por | Abr 2, 2026

En los últimos diez años, el filme de ciencia ficción y suspenso de Kathryn Bigelow demostró que el futuro distópico en el que situó a una Los Angeles inundada por el crimen, la violencia y una nueva tecnología que permite a los usuarios “ponerse en los zapatos” de otros, no era tan lejano como parecía en 1995.

Lo que mantiene a Strange Days (1995) relevante a poco más de tres décadas de su estreno es el abordaje de las temáticas que plantea, desde el uso (o consumo) de los nuevos dispositivos digitales, hasta una observación sobre el poder de la información en la sociedad moderna o sobre los roles de género. Pero además por cómo conversa esta cinta con relación a la filmografía de la directora estadounidense ganadora del Oscar en 2010 por The Hurt Locker (2008).

Con un guion firmado por James Cameron y Jay Cocks, Strange Days se estrenó el 5 de octubre de 1995 con una recaudación doméstica e internacional total de tan sólo 17 millones de dólares (contra un presupuesto de producción de 42 millones). El fracaso comercial de la cinta fue equiparado por la recepción mixta de los críticos, pero que -desde ese entonces- se ha convertido en un filme de culto elogiado por su estilo visual, sus temáticas, actuaciones y dirección. El crítico cinematográfico Roger Ebert incluso catalogó a Strange Days como “heredera” del universo cyberpunk de Blade Runner (1982).

Ralph Fiennes y Angela Bassett protagonizan Strange Days (1995) de Kathryn Bigelow.

Con un atraco desde el punto de vista de uno de los ladrones en los primeros minutos de metraje, que recuerda a aquella icónica persecución a pie en Point Break (1991), se puede ver el sello de la autora. La adrenalínica y vertiginosa secuencia inicial marca el tono que se espera ver a lo largo de la película, que no tiene intenciones de ocultar la violencia, las adicciones y las perversiones mostradas, pero tampoco intenta pre digerirlos ni ocultarlos para la comodidad del espectador.

La premisa

El filme está ambientado en una ciudad de Los Angeles a solo 48 horas del comienzo del año 2000, donde la calles son un terreno en disputa: por un lado, policías y militares cuyo uso y abuso del poder es cuestionado por aquellos que pretenden proteger de los disturbios. Y por otro, los ciudadanos, civiles y alborotadores (la línea que los divide es cada vez más difusa), cansados de convivir con la violencia perpetrada por pares y agentes la ley.

Hasta acá, es evidente que Strange Days tiene un fuerte anclaje en la cuestión social. Entonces, ¿qué tiene de ciencia ficción? Empecemos por el comienzo.

Ralph Fiennes como Lenny, junto Angela Bassett, quien interpreta a Mace.

Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un ex oficial de policía que ahora se gana la vida como dealer de minidiscs que contienen memorias, grabadas por un dispositivo tecnológico llamado SQUID. Esta revolucionaria tecnología -desarrollada por el FBI para reemplazar los micrófonos en los operativos y que ahora es parte del mercado negro- permite que quien reproduzca estas memorias (usualmente de naturaleza sexual, violenta o ambas) pueda sentirla como si fuera una experiencia emocional y sensorial propia.

Así es como el protagonista juega a ser el “Papá Noel del subconsciente”, como se llama a sí mismo. El intermediario entre sus clientes y sus fantasías más prohibidas, que él puede hacer realidad sin que estos se ensucien las manos. La muerte, los abusos y violaciones, entre otros crímenes, son el límite moral y ético de Nero: no hace negocios con cintas snuff.

El misterio

El problema llega en la forma de un misterioso minidisc a su nombre: una cinta snuff grabada desde el punto de vista de una prostituta, Iris (Brigitte Bako). Esta muestra cómo Jeriko One (Glenn E. Plummer) un rapero que denunciaba la discriminación sistemática que los afroamericanos han sufrido históricamente-, es asesinado a sangre fría por dos oficiales de la policía de Los Angeles. Los mismos que ahora están buscando la cinta para borrar la evidencia del crimen cometido.

Ralph Fiennes como Lenny Nero en Strange Days (1995).

¿Por qué esa cinta tiene el nombre de Lenny? Eso es lo que Mace (Angela Bassett) le pregunta a su amigo con tono acusador, haciéndole saber una vez más que desaprueba el modo de vida que lleva. Y señalando que no es diferente a los wire-heads (adictos al playback) de sus clientes. Mace tiene razón, Lenny es adicto a su mercancía: revive memorias de él y su ex. Todo el tiempo recurre al playback (así le llama la película a las memorias SQUID) para aferrarse a esos momentos felices juntos.

Pronto Lenny y Mace, consumidos por la paranoia de que este no es un caso aislado y es parte de una gran conspiración que involucra a gente muy poderosa y sin escrúpulos, rondarán por las calles de la ciudad en busca de respuestas antes de que termine el año.

cómo la vio la Bigelow

Aunque los minidiscs ya sean un objeto de la prehistoria en un contexto de constantes avances tecnológicos, en donde resulta casi imposible estar al día para el individuo promedio, es inevitable pensar que nuestros celulares se han convertido en nuestros dispositivos SQUID. Generalizando: ¿quién  no tiene un celular hoy en día? Son grabadoras y reproductoras de memorias digitales propias y ajenas en un tamaño convenientemente compacto y listo para su uso en cualquier momento. Además nos permiten acceder a dichas herramientas y recuerdos fotográficos y audiovisuales donde confluyen el pasado, el presente y el futuro, lo cual nos convierte en espectadores o voyeurs de vivencias propias y ajenas.

Lenny (Ralph Fiennes), se convierte en adicto a revivir sus memorias a través del playback.

La seguridad está provista por el mismo límite del dispositivo: la pantalla, el puente entre la memoria y nuestra mirada, el ahora, que solo es gratificante por la distancia creada entre el ver y el hacer. Por eso, si bien en Strange Days el SQUID permite que, por ejemplo, Lenny sienta que está pasando un día con Faith (su ex) como si fuera su presente, hay una gran distancia entre esa señal que el dispositivo emite en su cerebro y la experiencia que pueda tener cualquiera de nosotros viendo una foto vieja a través del celular. 

Sin embargo, los ejemplos mencionados anteriormente tienen en común que ambas memorias (sin importar la diferencia entre formatos) fueron diseñadas para ser disfrutadas como una experiencia individual, no colectiva. El SQUID emite siempre las mismas señales captadas por la persona que grabó su memoria a la corteza cerebral, independientemente del individuo. En cambio, una fotografía puede causar y suscitar todo tipo de reacciones, emociones y sentimientos en el grupo de personas protagonistas de la misma.

Cuando Mace le dice a Lenny que “las memorias fueron diseñadas para esfumarse”, se pone en manifiesto la desacralización de las mismas en esta distopía. Las memorias se erigen como un bien intercambiable, reproducible, masivo y que puede ser utilizado como arma y distracción del presente en el que viven los personajes: una realidad virtual.

En una escena perturbadora, Iris (Brigitte Bako) es obligada a ver su propia tortura.

Un claro ejemplo de las memorias como bien o producto se ve en la cinta de Jeriko One (la que dispara el conflicto del filme), pero principalmente en la de Iris, donde aflora la perversión del asesino al hacer que ella vea el punto de vista de él mientras abusa de ella hasta “freírle” el cerebro.

Pero aquí está la trampa: su asesino no lo es técnicamente porque no detuvo su corazón, simplemente la dejó en un estado vegetativo. Esta escena parece salida de una película de terror, donde la directora obliga al espectador a ver cómo Iris es torturada y aún peor, cómo el perpetrador del acto se excita con el sufrimiento de la víctima.

Masculinidad en jaque

Strange Days no solo sigue vigente porque trata temas que siguen arriba de la mesa, tales como la brutalidad policial (que se volvió a ver de forma mainstream en 2020 con el asesinato de George Floyd), el racismo, la violencia en los contenidos audiovisuales y el uso y la adicción a las nuevas tecnologías, sino que también funciona como una revisión de la filmografía de Kathryn Bigelow.

Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un protagonista atípico para una película de acción.

Lenny Nero no es el típico protagonista masculino de las películas de acción. Su fortaleza son las palabras, la capacidad que tiene para salir airoso de situaciones solo con el habla. En criollo, es un tipo de calle muy chamuyero, un poco cobarde cuando se trata de ponerle el cuerpo al conflicto y que también se preocupa por su apariencia. Algo que impacta directamente en su línea de trabajo como vendedor, porque como dice Mirtha Legrand: “Como te ven, te tratan…”.

Este último aspecto del personaje se condice la aparición del término metrosexual”, acuñado a mediados de la década de los noventa por Mark Simpson para referirse a hombres heterosexuales preocupados por su aspecto físico que no encajaban con las viejas nociones de cómo un hombre debía ser o verse.

Sin embargo, esas no son características que puedan trasladarse exactamente a los filmes previos de la directora, pero que sí continúan la línea de exploración de las nuevas masculinidades. Esta comenzó con The Loveless (1981), sobre una pandilla de motoqueros greasy que siembran el caos en un tranquilo pueblo de Georgia; siguió en Blue Steel (1990), con un villano que nace de la impotencia por la “usurpación femenina” de entornos y símbolos casi exclusivamente varoniles. Y alcanzó su punto de mayor exposición con Point Break (1991), cuando el orden y el caos se mimetizan con la búsqueda de la identidad, la fe, el propósito y la sexualidad.

Keanu Reeves y Patrick Swayze en Point Break (1991) de Kathryn Bigelow.

La “carencia” de Lenny con respecto a su aspecto físico parece compensarse por la presencia de Lornette “Mace” Mason, una madre soltera que trabaja como conductora de limusinas y, si la situación lo amerita, está armada y sabe una o dos cosas sobre defensa personal. Mace sigue su instinto, pero eso no le impide pararse un momento y pensar bien cómo son las cosas y las consecuencias de sus actos y los de los demás, así como tampoco duda en proteger a quienes ama.

Ella es la intuición, la valentía, la fuerza y el ancla terrenal de la película. Él es el corazón, vive aferrado a tiempos mejores (para él) y, consciente de sus emociones y sentimientos, sabe cómo ocultarlos para aparentar ser más fuerte de lo que realmente es. Por eso, dada la complejidad de los personajes, sería erróneo afirmar que esta inversión de roles de género podría resumirse en “ella es el músculo y él es el cerebro”. Uno como espectador observa que Mace en realidad no tiene problema en ser el caballero de armadura resplandeciente y que Lenny se siente cómodo siendo la damisela en apuros voluntaria (ya que sigue firme en su postura anti-armas).

Mace (Angela Bassett) no teme tomar un rol más cercano a lo tradicionalmente masculino en la dupla protagonista.

La herencia del cine negro no solo sobreviene con el crimen de Jeriko One y la posterior investigación a contrarreloj para descubrir quién o quiénes son responsables de las muertes en el entorno del protagonista. Sino también en la presencia de la femme fatale punk: Faith Justin (Juliette Lewis). La estrella de rock que ahora es novia de Philo Gant (Michael Wincott), el codicioso y paranóico manager de Jeriko One, es el objeto de todos los playbacks de Lenny.

Su personaje no tiene un gran desarrollo a lo largo del metraje. Se sabe lo justo y necesario para que Lenny —aún perdidamente enamorado de ella—, se de cuenta que Faith sólo le trae malas noticias. Y para que la trama avance: fue amiga de Iris, quien es enviada por Philo para que vigile a través del SQUID a Jeriko One en la noche de su asesinato.

Tal vez Faith no sea un personaje construido para «derribar estereotipos» como Lenny o Mace, pero eso está bien, porque al final del día, cumple su función en la historia. Y aún así, logra tener un arco de personaje correcto para su limitado tiempo en pantalla.

Juliette Lewis como Faith en Strange Days (1995) de Kathryn Bigelow.

La paradoja

A pocas horas de la gran despedida del año y con los policías siguiendo su rastro, Lenny y Mace deben tomar una decisión que lo puede cambiar todo. El playback de Jeriko One da cuenta de la violencia y discriminación que enfrentan los afrodescendientes en la cotidianidad. Y cómo el sistema se encarga de que esta problemática no se debata con la seriedad que merece.

Lenny decide intercambiar la cinta por Faith, aferrado a lo que alguna vez supieron ser juntos, sin pensar en la importancia del contenido de la misma. Pero Mace, que hasta ese momento se negó a ver el playback, cree que esta cinta tiene la capacidad de mover un poco las cosas. Y que ese contenido debe trascender las barreras del recuerdo para convertirse en información pública, que debe quedar registrada en la historia.

Ese planteo que Mace le hace a su amigo sobre la cinta, que no puede ser tratada como un producto sin valor alguno, se mantiene por unos minutos. Hasta que Lenny recapacita y le cuenta que si hay alguien que puede hacer justicia por Jeriko es el comisionado Strickland (quien lo despidió de la fuerza años atrás por no cumplir la ley al pie de la letra).

En Strange Days (1995) la llegada del año 2000 representa un borrón y cuenta nueva.

Mace -supongo que como cualquier espectador- pone en duda la posibilidad de que un policía (encima caucásico y alto en la cadena de mando, piensa ella) logre reprender a los responsables del crimen que está en boca de todos los angelinos, aunque ellos no sepan quiénes son.

Cuando ella se acerca al comisionado Strickland para entregarle el minidisc, es casi detenida por estar en posesión de equipamiento ilegal (el cual le es retenido con la cinta). Y mucho después, los oficiales Steckler (Vincent D’Onofrio) y Engelman (William Fichtner) la identifican entre la multitud y la persiguen con intenciones de matarla para que la verdad no salga a la luz. Ella se defiende e inmediatamente es golpeada sin piedad por las fuerzas que custodian el evento, pero al ver esta situación, los civiles presentes comienzan a agredir a la ley en defensa de Mace.

La sorpresa llega cuando Strickland arriba a la escena para poner orden y arrestar a los asesinos de Jeriko One. Entonces, resulta paradójico que Strange Days siente las bases para un posible y postergado “estallido”, para que luego desemboque en una resolución de conflicto que plantea al sistema como el problema y la solución de todo lo que está mal en la sociedad. Y así como si nada, el reloj marca la medianoche y los fuegos artificiales maquillan todos los conflictos que parecían aquejar a los angelinos e inclusive a los protagonistas. El Y2K actúa como borrón y cuenta nueva.

La directora Kathryn Bigelow detrás de cámara.

En principio, esta decisión tanto ideológica como creativa me parecía ilógica, pero luego, analizándola y comparándola con la filmografía de Kathryn Bigelow, especialmente de las últimas dos décadas, tiene mucho sentido. Estados Unidos no fue el mismo después del 11 de septiembre y parece que el nuevo interés de la directora fue hacer que las política internas y externas del país norteamericano sean de incumbencia para el resto del mundo.

Más que una crítica incisiva como han realizado cineastas tales como Oliver Stone y Michael Moore en obras de ficción y no-ficción sobre este periodo histórico, Bigelow se interesó por los retratos donde lo importante son los matices del proceso, no las consecuencias y la posible autocrítica nacida de la revisión.

Ayer y hoy

A través de esta observación, es posible trazar un hilo conductor entre Strange Days (1995) y A House of Dynamite (2025). La última película de la directora estrenada internacionalmente el pasado 24 de octubre en Netflix, trata sobre cómo las diferentes esferas del gobierno y las fuerzas armadas actúan ante la amenaza de un misil nuclear sin firma que podría borrar a un Estado del mapa.

Rebecca Ferguson como la capitana Olivia Walker en A House of Dynamite (2025).

A House of Dynamite plantea que la imagen perfecta que Estados Unidos muestra al mundo, en realidad es una fachada y son bastante incompetentes para defenderse de amenazas externas… pero no así para atacar.

El hilo que une a estas dos películas estrenadas con 30 años de distancia es la representación de las jerarquías institucionales. Por un lado, en Strange Days, se da a entender que los oficiales Steckler y Engelman actuaron por motus propio y la institución, el Departamento de Policía de Los Ángeles, no puede hacerse cargo por el comportamiento de los subalternos, de las manzanas podridas del verde, alto y sano árbol, aunque sí pueden condenarlos por infringir la ley.

Por otro lado, A House of Dynamite se distingue por narrar la situación crítica a través de varios puntos de vista: la Situation Room de la Casa Blanca, la base de defensa contra misiles y otras secciones en la órbita de la Secretaría de Defensa y el presidente de la nación. Todas las cadenas de mando demostraron no tener la capacidad para enfrentar una amenaza de semejante gravedad, tal como ocurrió en el 11-S, momento a partir del cual la información se convirtió en la principal arma de control y manipulación de este siglo y esto sólo se potenció con la masificación de los dispositivos tecnológicos.

Ambas representaciones dan la sensación de que la insubordinación y la incompetencia son hechos aislados, en vez de cuestionar o incluso señalar por qué las instituciones promueven y protegen estas conductas que, al mismo tiempo, no son toleradas en el ciudadano promedio.

La descontextualización, ocultamiento y silenciamiento de la información es intencional para evitar que la igualdad de condiciones y derechos siquiera pueda ser reclamada. En Strange Days, no queda claro si los ciudadanos de Los Ángeles alguna vez supieron la verdad sobre las circunstancias de la muerte de Jeriko One. Y en A House of Dynamite, se retiene y difunde la información sobre la catástrofe, a pocos minutos de que los habitantes de Chicago puedan tener un plan de contingencia (a pesar de lo que muestran y casi no se condice con el poco tiempo en el que el misil impactaría en tierra).

En definitiva, queda claro que Strange Days es un filme que perdura en el tiempo porque inspira una infinidad de lecturas y abre conversaciones sobre temas atemporales. Que pueden haber sido mostrados en su versión 1995, pero que también pueden ser trasladados a la agenda actual.

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