True Crime

Jeffrey Dahmer: El espectáculo del asesino en serie en la cultura pop

El asesino vuelve a convertirse en estrella. Netflix estrenó casi a la vez dos obras sobre su vida. ¿Una visión amarillista o solo curiosidad social?

por | Oct 19, 2022

La fascinación por los asesinos en serie es parte de la cultura pop contemporánea, Algo que demuestra el reciente éxito de la serie Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer (2022) de Netflix producida por Ryan Murphy. La historia del llamado Carnicero de Milwaukee, protagonizada por Evan Peters sorprendió, perturbó y sedujo al público en partes iguales. También, se convirtió en un fenómeno social, que trajo de nuevo a colación el debate sobre el interés colectivo por criminales y actos brutales. Eso, a pesar de que la mayoría de las producciones que exploran el tema, suelen brindar un trasfondo de cierta personalidad siniestra y atrayente al argumento. Un punto que hace complicado y, en última instancia, violento comprender la idea del asesino en serie como un criminal, sin otro atributo que su visibilidad pública.

La serie de Netflix cumple lo que puede esperarse de una producción destinada a contar la historia de un asesino en serie. Mucho más, hace un meticuloso recorrido por los espacios misteriosos de la mente de un asesino brutal. Por un lado, muestra -con escalofriante detalle- las atrocidades que convirtieron al asesino en historia negra del crimen estadounidense. Al otro extremo, recorre, con inusitada habilidad, la idea sobre el mal como un hecho social. Entre ambas cosas, Murphy profundiza en un argumento denso, lleno de facetas morbosos y construido para provocar repulsión.

Pero, por curioso que parezca, no se trata de aversión moral o intelectual, sino solo física. En el mejor de los casos, de una reacción visceral a lo que muestran las brutales imágenes en elaborados primeros planos. El argumento, que reconstruye buena parte de la vida criminal del asesino, necesita impresionar. Pero no cae en el gore directo, sino en el suspense. De modo que invierte una buena parte de su tiempo en tratar de crear una atmósfera cada vez más dura. Sin embargo, también más artificiosa.

El resultado es una producción bien ejecutada que desvirtúa — otra vez — la narrativa del horror de un asesino en serie, en beneficio del entretenimiento. Más duro aún, convierte una serie de crímenes aborrecibles en el contexto para reflexionar sobre un personaje. Algo común durante la última década y que Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer lleva a un nuevo nivel.

En la mente del asesino

La serie usa el recurso de tratar de comprender a Dahmer desde lo íntimo. Sigue un mapa de ruta a través de la oscuridad interior de su psicología y se apoya en la idea de que el asesino es la consecuencia del abuso o la homofobia internalizada. Murphy, empeñado en brindar tintes de humanidad a su criatura televisiva, deja a un lado la idea del Dahmer real. A su vez, profundiza en un personaje que encaja en la idea de un horror urbano, a la medida de un espectáculo televisivo. Tanto como para olvidar que, detrás de los minuciosos pormenores sobre canibalismo y violencia sexual, apenas hay una mirada real sobre las víctimas.

En el universo de la serie, al menos en sus primeros capítulos, la larga lista de asesinatos de Dahmer solo cumple la función de una recopilación cuidadosa de horrores. El creador de la serie muestra a un monstruo con rostro humano. Uno que, además, se sostiene en la actuación contenida y brillante de Peters. Siguiendo una larga tradición televisiva y cinematográfica, Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer convierte al objeto de su narración en una fascinante criatura. Una siniestra mirada a la oscuridad colectiva e, incluso, a la alegoría de un mundo lleno de horrores sin mayor profundidad.

La combinación provoca que la serie tenga una extraña personalidad dividida. Un espectáculo formalmente impecable que impresiona — y por momentos resulta claustrofóbico e insoportable — , pero también un desfile amarillista. En el fondo, carece de la sustancia y la complejidad suficientes como para explorar la mente de un hombre destrozado por la oscuridad. Un hombre que se convirtió en una pesadilla para la conciencia colectiva norteamericana.

Una larga historia de desencuentros entre la realidad y LA FICCIÓN

La cultura que rodea a los asesinos en serie suele romantizar la idea del mal absoluto hasta convertir a criminales en villanos incomprendidos. O, en el mejor de los casos, en criaturas fatídicas aplastadas por la predestinación a la violencia. Pocas veces se muestra a los asesinos en serie como delincuentes brutales y a sus víctimas como hombres y mujeres reales.

Algo que no es reciente, pero que nunca ha tenido tanto auge como en las últimas décadas. Después de todo, aunque el término True Crime se acuñó en la década de los ’70 — a raíz de la cobertura mediática de los asesinatos cometidos por Ted Bundy y David Berkowitz — el interés morboso por los asesinatos y quienes lo cometen, abarca buena parte de la historia occidental. Para la cultura estadounidense en especial, los crímenes cometidos por ambos hombres mostraron otro rostro del ciudadano común, pero sobre todo, el terror ciego y -la mayoría de las veces- invisible, que se esconde en lo cotidiano.

Para los criminalistas y criminólogos, ambos asesinos demostraban la -hasta entonces- abstracta teoría del asesinato con método: Una obsesión psicópata que convertía cada muerte en una declaración de intenciones. De pronto, la sociedad norteamericana se encontró al borde de una visión sobre la violencia totalmente insólita que condicionó su comprensión sobre el miedo colectivo. La denominación parecía no solamente mostrar un nuevo rostro — temible e inquietante — de la sociedad, sino también, de sus terrores y dolores.

El estudio del horror

El director independiente John Borowski ha dedicado buena parte de su producción cinematográfica al análisis del fenómeno. En su película documental Serial Killer Culture (2014), Borowski medita sobre la percepción de la violencia como un elemento seductor, pero también, sobre el terror convertido en una forma de expresión cultural. Entre ambas cosas, el asombro por el asesino en serie, parece ser el puente entre la mirada conclusiva sobre el asesinato — ese acto de vanidad suprema — y el recorrido de nuestra sociedad, los lugares más oscuros de la psiquis colectiva.

El director intenta crear una hipótesis sobre el motivo de un considerable número de personas, que parecen asombradas y desconcertadas, pero sin duda interesadas en la figura del asesino, más allá incluso de sus crímenes. Borowski conversó con estudiosos del fenómeno, artistas e, incluso, con ese público morboso y audaz que medra alrededor de las cárceles en que se encuentran encerrados varios de los peores homicidas de la historia contemporánea. ¿Su conclusión? La violencia tiene un ingrediente puramente antropológico que el asesino en serie encarna hasta cierto punto.

Algo que, en buena medida, muestra el otro gran estreno de Netflix relacionado con el asesino en serie. Conversaciones con asesinos: Las cintas de Jeffrey Dahmer (2022) de Joe Berlinger. La docuserie muestra, de manera tangencial, la envergadura de fenómenos como el interés alrededor de los criminales actuales, que tiene algo de devoción, junto a un poderoso y siniestro magnetismo. Como si se tratara de una dura versión de la realidad, los crímenes y la personalidad del asesino en serie se encuentran emparentados directamente por una atracción irremediable por la violencia extrema.

En la docuserie, la voz de Dahmer cuenta a detalle y con parsimonia sus crímenes. Lo hace para un público que sabe le escuchará y atenderá a sus explicaciones con avidez. O eso parece sugerir el programa. Claro está, la concepción se lleva a cabo desde una distancia considerable y segura: el asesino tiene la misma cualidad hipnótica de un animal enjaulado particularmente peligroso. Un monstruo con rostro humano que nos permite analizar a la distancia — y sin riesgos — los peores rasgos de nuestra cultura y, quizás, la mente del hombre. ¿Pero es suficiente esa explicación para comprender el impacto del culto alrededor del asesino en serie? ¿La necesidad de llevarle a un estadio en que se le coloca como objeto de estudio bajo la lupa de la mirada analítica?


Se trata de una fantasía elaborada y compleja que Occidente mantiene sobre el pedestal de una cauta reflexión. Después de todo, es sencillo analizar elementos sobre la violencia, el poder, el género y el miedo a través del impulso criminal de un asesino que se encuentra detrás de las rejas. Pero el fenómeno abarca mucho más: la obsesión de la cultura pop por los asesinos en serie, también tiene un ingrediente de singular predilección por la deshumanización y el morbo. Las fotografías de los crímenes se miran con ojo crítico, mientras se intenta comprender por qué un hombre en apariencia común planeó y cometió asesinatos de considerable crueldad.

Dahmer vs Dahmer


Tanto Belinger como Murphy desean lo mismo. Narrar a Dahmer desde sus espacios internos. Pero la premisa, que sí es interesante, se desarrolla con torpeza. En el caso de la serie de ficción, se necesitan casi seis episodios para que se abandone la perspectiva de Dahmer, que está reconstruida, elaborada y sujeta a la interpretación del actor. También a la tensión del guion. El argumento comienza al final de la historia conocida — con Dahmer convertido en una tenebrosa estrella de los medios — y cuenta en retrospectiva su espantosa historia.

Pero el recurso decae al mostrar los elementos más obvios de la historia. Tanto como para que el cuarto y quinto capítulo parezcan una reproducción torpe de un documental de baja calidad. Lo cual, por supuesto, no beneficia al tono del guion, cada vez más cercano al terror ficticio. El asesino en serie de Peters es una criatura voraz, ambivalente y tenebrosa. Una rareza en medio de una sociedad que le desprecia. El argumento tiene verdaderos inconvenientes para abandonar su tono dramático, un espectáculo construido para sorprender y seducir desde lo espantoso.


Solo en el sexto episodio y final la serie alcanza un nuevo nivel. Esta vez, el foco de atención pasa de Dahmer a una de sus víctimas. Es justo esa decisión la que permite que la serie tenga una nueva dimensión y logre, a pesar de todo, recordar su objetivo. Tras un recorrido minucioso por Dahmer y su mundo, el cierre doloroso, y casi conmovedor, es una concesión tardía.

La incapacidad de la producción por dialogar con el horror real. El de los hombres asesinados por una pulsión incontenible. La del criminal que incluso llegó a burlarse de sus muertes. Las producciones de Netflix engloban – de nuevo – al asesino en serie, esta vez desde el estrato de un espectáculo sofisticado. Quizás, justamente ese sea su mayor problema.

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