A veces pasa que, incluso si no nos gusta la película, hay algunas imágenes que se van a quedar en nuestra memoria para siempre. Nos guste o no Nomadland (2020), la escena en la que sus protagonistas, Fern y Dave, contemplan un inmenso cañón en Dakota del Sur es una de esas postales indelebles. Y si ya es inolvidable su composición y su fotografía, los registros detrás de escena son más que memorables. Las fotos muestran a la directora, Chloé Zhao, caminando por el inmenso espacio sin más que una cámara y un micrófono boom para capturar el sonido. No hay luces artificiales: solo la naturaleza en su cálida crudeza.
Varios minutos antes en el metraje ya habíamos visto a Fern (Frances McDormand) en los talleres de Amazon, bajo decenas de luces alineadas en el techo. Aunque ahí el ambiente es opresivo, y la artificialidad lo inunda todo, el backstage revela lo mismo. Solo una cámara que observa lo que se deja ver. Y lo que encandila con la belleza de lo que tenemos frente a los ojos, pero no siempre vemos, hasta que el cine nos la muestra.

Leer la novela Hamnet de Maggie O’Farrell, que ficcionaliza vida de William Shakespeare antes de la muerte de su pequeño hijo, es encontrarse con un universo parecido. Lleno de descripciones de espacios abiertos, recupera otros tiempos en donde hasta lo artificial era analógico. Ahora parece obvio que fuera Zhao la mejor opción para mostrar la calidez detrás de la oscuridad más extrema. Y, tal como hizo Shakespeare, invocar una representación de la realidad que la trasciende, exorciza los demonios y espanta el horror con la eternidad.
Zhao nos recuerda que el cine es, ante todo, luz. Por eso, ahora que Hamnet (2025) ya está en los cines y es una de las candidatas más fuertes de la temporada de premios (con 8 nominaciones a los premios Oscar y la victoria de su protagonista Jessie Buckley como Mejor Actriz en todas las premiaciones), no hay mejor oportunidad para encender una antorcha y hacer visibles los recovecos de su técnica cinematográfica.
La hora mágica

La necesidad es la madre de las invenciones, y la carencia se puede transformar en virtud. Por eso el cine independiente a menudo recurre a la iluminación natural y los grandes espacios abiertos para capturar las escenas en su mayor esplendor. La hora mágica, esa ventana de tiempo antes del amanecer o después del atardecer, es el mejor momento para filmar.
Lo sabían directores como Orson Wells, que filmó la icónica escena inicial de Sed de Mal (1958) en las horas del crepúsculo que preceden al alba. Y lo sabe Zhao, que transformó ese recurso en su sello personal. Por eso sus películas remiten a la estética de los documentales: siempre filmadas en locación y con actores que emplean un estilo naturalista.
En sus primeras películas, incluso los actores no eran profesionales. Como es el momento en el que la luz es más cálida e íntima, la hora mágica permite que la relación entre los personajes y su ambiente sea más profunda, apelando a las emociones de la audiencia de un modo único.

Hay ejemplos incontables de esta técnica en su filmografía, desde su primera película hasta la última. Incluso llegó a ser uno de los desafíos más grandes que tuvo que afrontar Marvel Studios durante la filmación de Eternals (2021), cuando los cronogramas de trabajo se tuvieron que adaptar al movimiento natural de la luz, reduciendo al mínimo las secuencias de pantalla verde que caracterizan las películas de superhéroes.
Como una especie de resurrección del costado más flower power del hippismo estadounidense de los sesenta, Chloé Zhao pone el foco tanto en la naturaleza como en lo comunitario. Para ella lo que nos hace humanos se construye a partir de las conexiones que hacemos, y el modo en el que construimos los espacios que habitamos.
Su cine toma inspiración del género del western norteamericano, lo despoja de su sentido colonialista y lo regresa a su espíritu más básico: la exploración y la fascinación por el espacio. Y en el cine el espacio se construye mediante la luz. Por eso su realismo nunca es un realismo desnudo ni despojado: es un realismo épico, fascinante y acogedor.

El uso de la hora mágica aplicada a los escenarios propios del western (colonias, pueblos pequeños, grandes escenarios naturales) permite que la luz esté presente tanto en espacios abiertos como cerrados. La primera película de Zhao, Canciones que me enseñaron mis hermanos (2015), fue filmada con muchísimos problemas de presupuesto e interpretada por actores no profesionales, todos miembros de la tribu de los Dakota Sioux.
Cuenta la vida de dos jóvenes que viven dentro de la reserva indígena de Pine Ridge en Dakota del Sur. Su énfasis en las escenas de rodeo al aire libre contrasta con las escenas en la prisión donde está encerrado el hermano de los protagonistas. Este contraste entre espacios abiertos y cerrados se repite en todas sus películas. Los amplios espacios naturales de Nomadland chocan con el restringido lugar dentro de los autos, y la asfixia de los comercios, los talleres de Amazon y los lugares de trabajo.
Su segunda película, El Jinete (2017), narra la historia de un joven vaquero que está buscando un nuevo destino después de haber sufrido un accidente en un rodeo. Esto da lugar a que los paisajes imponentes del midwest de los Estados Unidos se encuentre con los minúsculos recovecos de los cuartos cerrados y las casas de los habitantes de la reserva. Esta oposición, sin embargo, no es violenta, sino conciliadora, ya que esos espacios también son parte de la realidad de sus habitantes.

natural incluso cuando es artificial
La luz natural no solo muestra las cosas tal como son, sino que muestra mucho más: todo lo que no solemos mirar, lo más profundo de las conexiones humanas. Por eso Zhao es capaz de encontrar naturaleza en la artificialidad. En el cine es frecuente la luz direccional. Es decir, el uso deliberado de reflectores y otras fuentes de luz artificial con el fin de modelar volumen y crear sombras y profundidad en actores, áreas o figuras. La directora reduce al mínimo el uso de esas luces, y en su lugar toma ventaja de las fuentes que ya están instaladas en los espacios.
Junto a su cinematógrafo predilecto Joshua James Richards, por ejemplo, en Nomadland se aprovecha de los foquitos LED que ya están instalados en el Walmart, o de las lucecitas que la misma protagonista instala dentro de la camioneta en la que vive. Con gran inteligencia para la composición de los planos y un énfasis en reducir al mínimo la intervención humana, no hacen falta equipos carísimos para construir escenas bellísimas y vibrantes. En Hamnet solo las velas del interior de la iglesia parecen evidenciar un ensamblaje tradicional de la luz. En el resto de los espacios son los enormes ventanales de las casas los que delimitan los contornos simbólicos de los personajes y sus interacciones.
Zhao nos hace cuestionar la noción de lo natural y lo artificial. ¿Es acaso menos humano el foquito que prendemos para iluminarnos durante la noche que las velas que se encendían en el renacimiento, o las fogatas que armaban las antiguas comunidades para resguardarse del frío? Queda en nosotros interpretarlo, pero ella nos lo muestra.

Así, las velas que iluminan el rostro de Paul Mescal en Hamnet durante sus noches tumultuosas son tan intensas como las fogatas que enciende Frances McDormand, o la lámpara que lleva mientras atraviesa el amanecer. Incluso los efectos especiales de Eternals fueron hechos con el cuidado de que no contrasten demasiado con la luminosidad limitada de las locaciones de la película. Y si el color de la luz no coincidía con la composición de colores de los trajes de los personajes, o el color del cielo cambiaba de escena a escena, se lo dejaba así (según contó el director de efectos especiales Stéphane Ceretti en una entrevista para IndieWire).
Después de todo, no es tan loco que una autora asociada al realismo haya estado a cargo de una película de superhéroes, o de contar la vida de uno de los dramaturgos más importantes de la historia de la literatura. Porque su realismo es tan luminoso que se vuelve fantástico. A veces no hay nada más extraordinario que lo más ordinario, y no siempre la verdad es pura crudeza, también puede ser calidez. Así, autores como Zhao ponen evidencia que el cine en su estado más puro no es más que luz en acción. Prestar atención al modo en el que la iluminación está construida en sus películas nos sirve para dibujar los contornos que nos rodean y descubrir la paz en los rincones más oscuros.




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