No podemos engañarnos. Aunque Toy Story haya entregado cuatro películas en donde hasta la más floja era buena, la saga había dado con el final perfecto en su tercera parte. Aquel mensaje sobre aprender a soltar era una despedida redonda para la generación que creció con Woody (Tom Hanks), Buzz (Tim Allen) y sus amigos. Regresar con una cuarta entrega, por graciosa y filosófica que haya resultado, se sentía como una traición a su propia lógica. ¿Qué podía aportar entonces una nueva secuela?
Sorprendentemente, Toy Story 5 (2026) da en el blanco. Porque además de ser una emotiva y divertida aventura, demuestra que está lejos de ser innecesaria al proyectar a la actualidad los temas disparadores de la película original. En este caso, somos testigos de la irrupción de la era digital en el juego infantil, una amenaza que deberán enfrentar nuestros juguetes favoritos.

eL turno de Jessie
Con un Woody que dejó a sus amigos para rescatar juguetes abandonados junto a Bo Peep (Annie Potts), Buzz y el resto de la banda se quedó junto a Bonnie (Scarlett Spears), cambiando así inevitablemente las dinámicas en la historia. Ahora tanto el vaquero como el guardián espacial dan un paso al costado, manteniendo su peso y significancia en un plano secundario mientras Jessie (Joan Cusack) finalmente tiene la oportunidad de tomar el rol protagónico.
Convertida en uno de los juguetes favoritos de Bonnie a la hora de inventarse historias en la soledad de su habitación, la protectora Jessie deberá enfrentarse a Lilypad (Greta Lee), una tablet que los padres de la nena le compran para que empiece a sociabilizar de manera digital. Demostrando ante todo eficiencia, Lilypad consigue en cuestión de horas que Bonnie conecte con las chicas de su clase de baile mientras la nena cada vez está más y más enganchada con la pantalla.

Si bien la aparición de nuevas amigas debería ser una buena noticia, los juguetes temen la posibilidad de quedar obsoletos ante Lilypad, cosa que para Jessie significa revivir el abandono que le significó que Emily, su primera dueña, la olvidara una vez llegada a la adolescencia. Esto da comienzo entonces a una aventura que mirará tanto al pasado como al futuro mientras subraya este cambio de paradigma que las infancias están experimentando. Es señalar un presente en donde la tecnología es primordial a la hora de relacionarnos y nuestra interacción con las pantallas es una adicción que no sabe de edades.
Sarah Connor nos advirtió
Si bien el objeto inanimado cobrando vida no era nada nuevo para el cine infantil, el uso de animación generada por computadora en Toy Story (1995) daba a Woody y Buzz una materialidad que pocas otras películas habían logrado. Casi rompiendo la barrera ficcional, su merchandising se veía exactamente igual a los muñecos en pantalla. Ante nosotros se abría la posibilidad de explorar una historia con la que todas las infancias habíamos soñado. Validaba la noción de que esos juguetes a los que dábamos vida con nuestra imaginación efectivamente nos acompañaban con amor y lealtad.

La saga siempre tuvo una relación intrínseca con la tecnología, lo cual hace aún más acertado que este nuevo capítulo la incorpore como parte central de sus temas. De esta manera, recontextualiza lo que siempre fue el corazón de la historia para reflejar la realidad que ahora nos atraviesa. La forma en que los chicos juegan no es la misma de hace treinta años y la relación que tienen con la pantalla es aún más íntima que la de quienes crecimos con televisores o video juegos.
Es un acercamiento inteligente, que señala cómo nuestras infancias se relacionan en la actualidad. Así como la tecnología se convirtió en un medio de interacción durante la pandemia, quedó también demostrado que su uso desmedido puede generar problemas motores o hasta de cognición. Desde la pérdida de pensamiento crítico, la necesidad de estímulos instantáneos o hasta el aumento de la ansiedad y depresión, varios son los resultados negativos de la dependencia que puede generar la tecnología en las infancias.

Pero si bien el marketing mismo de la película presenta a Lilypad como una antagonista a temer, Toy Story 5 no cae en el discurso absolutista. Al contrario, presenta a la tecnología como lo que es, una herramienta ya incorporada nuestra vida diaria. Mostrando tanto sus beneficios como la fina línea que puede convertir a la conectividad en desconexión de lo tangible, hasta el bullying hace su aparición en esta fiel representación de las preocupaciones reales que enfrenta la paternidad en la actualidad. Así como los juguetes deben aprender a convivir con esta nueva realidad, también nosotros debemos hacerlo.
El corazón de un juguete
Co-dirigida por McKenna Harris (Ciao, Alberto) y Andrew Stanton (Buscando a Nemo, WALL-E) este nuevo capítulo en la historia demuestra que entiende completamente la fórmula que hizo del estudio uno de los tanques de la animación moderna. Toy Story 5 es prueba de que una continuación realmente funciona cuando tiene algo relevante que contar.

Además de aquel mensaje universal, encuentra un relato sincero tanto en Jessie como Bonnie. La vaquerita, un huracán de personalidad con un corazón vulnerable, ya hacía tiempo había ganado el derecho de piso de ser protagonista. La desgarradora letra de When She Loved Me de Sarah McLachlan nos rompió el corazón al mostrarnos el pasado de la muñeca, pero dejaba todavía bastante tela para cortar.
Bonnie la espeja, convirtiéndose en mucho más que una versión de cartón de Andy. Nos encontramos con una nena muy real, acallada por una timidez que solo se rompe cuando la imaginación tome las riendas. Aquellas divertidas escenas que retratan la creatividad del juego no son mero entretenimiento, son la viva imagen de lo que Toy Story celebra. Es un recordatorio de que los juguetes son necesarios no solo para dar rienda suelta a la imaginación, sino que también ayudan a los chicos a procesar sus emociones.

Si Toy Story 3 (2010) hablaba de la importancia de aceptar las transiciones de la vida desde la intimidad de nuestra propia relación con Woody y su pandilla, Toy Story 5 lo plantea desde un lugar más general. Desde la responsabilidad que tenemos como sociedad a la hora de aceptar los cambios culturales, acompañando a las infancias en estos procesos.
Pixar todavía tiene su magia
Algunos juguetes electrónicos ya considerados retro en esta época se unen al elenco, entre los que se destaca Conan O’Brien como el desopilante Smarty-Pants, un dispositivo diseñado para ayudar a los chicos a aprender a ir al baño. A esta nueva entrega además la corona Taylor Swift con la canción que acompaña los créditos, permitiendo que nos sequemos las lágrimas al ritmo de su voz mientras esperamos un par de escenas extras que despiden a la película.

Toy Story 5 prueba ser una historia llena de balance. Una en donde Pixar vuelve a contar historias con peso, sin por eso comprometer el lado más conmovedor o divertido del relato. Es una secuela que demuestra que no tiene por qué anclarse en una repetición que diluye el espíritu de la película original. Por el contrario, refleja los tiempos actuales como ninguna otra de las anteriores entregas lo había hecho.
Encontrando el punto justo entre la aventura, la comedia y la ternura, enfrenta un tema tan abrumador como puede ser el rápido desarrollo de la tecnología con un necesario optimismo, ofreciendo un abrazo contenedor para acompañar un futuro ya convertido en el ahora.
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