Joachim Trier vuelve a su territorio habitual: familias cultas, emociones contenidas, gente que habla mucho y entiende poco acerca de lo que se esconde en realidad en el silencio. Por lo que Sentimental Value (2025) comienza con la muerte de la madre y ex-esposa, un hecho que convoca a Gustav (Stellan Skarsgård) y a su hija Nora (Renate Reinsve) a una casa convertida en una inquietante, hermosa y fría cápsula del tiempo. Coinciden en el funeral. Se observan como si repasaran un casting fallido del pasado. Él fue un director celebrado; ella es una actriz reconocida. Ambos dominan el arte de representar, aunque ninguno logre improvisar afecto real.
Uno de los puntos más interesantes de la cinta es el hecho de aprovechar por completo la naturaleza contenida y discreta de la emotividad nórdica para plantear una idea básica. Por lo que la expresión del sufrimiento atraviesa un mapa de dolor que confiere importancia a puntos muy específicos del pasado y del presente (de ahí el título).

Sentimental Value plantea de inmediato un punto subversivo (en especial para latitudes más allá de la exquisita Oslo). La incapacidad para amar y profundizar en la belleza es una búsqueda exhaustiva de la propia identidad y la capacidad destructora del sentimiento como motor central del conflicto.
De modo que desde el inicio, la película indaga en una calma sospechosa. Nada estalla, por lo que una serie de sentimientos se acumula a medida que transcurre la trama. La casa cruje, respira, guarda rastros de conversaciones inconclusas. El espacio pesa. En esa atmósfera, el duelo se convierte en inventario emocional. No se trata de llorar, sino de revisar qué quedó pendiente. La cámara se desliza con discreción, como si tuviera permiso limitado, para observar más de lo que interviene o disecciona. El resultado es una tensión que no necesita subrayados musicales ni discursos exagerados, violentos o angustiosos.

Comparada con la «Trilogía de Oslo«, Reprise (2008), Oslo, 31. august (2012) y The Worst Person in the World (2021), esta nueva obra parece menos centrada en la ansiedad individual y más enfocada en la herencia emocional. Si antes Joaquim Trier filmaba crisis existenciales con energía nerviosa, en su nueva producción el ritmo es más pausado. Por lo que si en las tres películas anteriores los personajes corrían contra el tiempo, en Sentimental Value caminan entre ruinas familiares, midiendo cada paso.
El cine como ajuste de cuentas
El conflicto se vuelve peor cuando Gustav propone a Nora protagonizar su próximo proyecto. Por supuesto, suena a gesto conciliador. En realidad, es una jugada arriesgada. En especial, porque cuando ella lo rechaza con firmeza esa negativa concentra años de reproches no verbalizados. La película convierte esa fricción en espectáculo íntimo. No hay grandes discursos, solo intercambios tensos y silencios que pesan más que cualquier línea de diálogo.
El guión, escrito por Trier junto a Eskil Vogt, mantiene la estructura fragmentada que ya es marca de la casa. Saltos temporales, recuerdos que se filtran en el presente, escenas donde la frontera entre ficción y biografía se vuelve porosa. El espectador arma el rompecabezas sin instrucciones claras y quizás, uno de los puntos más importantes de la cinta es lograr que ese escenario fragmentado se convierta en una noción acerca del dolor y el duelo, que jamás es lineal ni evidente.

No todo encaja. Esa incomodidad es deliberada. En La trilogía de Oslo, el montaje acompañaba la inestabilidad emocional con dinamismo juvenil. Aquí la fragmentación es más reflexiva, casi precisa y madura. Particularmente, porque la casa (como espacio) se consolida como núcleo dramático, un archivo vivo capaz de relatar la vida de cada personaje como dimensiones elaboradas y cada vez más extrañas.
Cada habitación conserva una versión distinta del pasado. Gustav quiere filmar allí, apropiarse del espacio a través del encuadre. Nora percibe la operación como invasión, por lo que Trier (cineasta de los espacios liminales de lo agónico) sugiere que el cine puede funcionar como herramienta de exploración, aunque también como mecanismo de control. El arte, en este universo, tiene algo de vampírico: se alimenta de experiencias privadas y las transforma en relato público.
Intrusos y espejos incómodos
Por lo que la llegada de Rachel (Elle Fanning), altera la dinámica. El personaje es una actriz estadounidense fascinada por una antigua película de Gustav. Acepta el papel que Nora rechazó. Su entusiasmo reaviva el ego del director, pero a la vez, también desplaza el conflicto hacia un triángulo incómodo. De una manera u otra, Rachel ocupa un espacio profesional y, poco a poco, uno emocional. La tensión se espesa sin necesidad de grandes escenas melodramáticas.

Fanning construye a Rachel con mezcla de admiración y desconcierto, que observa a Gustav con devoción cinéfila. No percibe del todo la carga familiar que pesa a su alrededor. Su presencia expone el contraste generacional de manera clara, porque mientras Nora conoce las grietas del padre, Rachel solo ve al artista legendario. Esa diferencia de mirada revela el tema central: la distancia entre mito y experiencia doméstica.
En comparación con The Worst Person in the World, donde la protagonista era retratada con energía vital y contradicciones contemporáneas, aquí el personaje encarnado por Reinsve parece más consciente de las trampas narrativas. Ya no se trata de elegir entre amantes o carreras. Se trata de no convertirse en material creativo de otro. Trier, con ironía sutil, examina su propia figura de autor. Gustav actúa como versión exagerada del director europeo que confunde confesión con profundidad.
Herencias que no caducan
Cuando el rodaje se instala finalmente en la vieja casa, la película adquiere un tono casi metateatral. Nora, Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) y Rachel comparten espacio bajo la dirección de Gustav. Así que las escenas dentro de la película replican tensiones reales. Ensayar se convierte en revivir, un giro incomodísimo que provoca que cada toma reabra discusiones latentes. El humor aparece en detalles mínimos: torpezas, interrupciones, diálogos que se desvían hacia lo absurdo. Pero Joachim Trier no quiere hacer reír, sino distender como puede y de la manera que puede, el sufrimiento que retrata con cuidado.

Agnes, más reservada, aporta perspectiva histórica, por lo que investiga episodios familiares vinculados a la guerra y al suicidio de la abuela. Su trabajo académico introduce otra capa: la memoria como documento, no solo como emoción. Mientras Gustav intenta reinterpretar el pasado a través del arte, Agnes lo examina con método, por lo que terminan unidos por dos formas de lidiar con lo heredado. Solo que ninguna garantiza paz.
En su tramo final, la película evita conclusiones enfáticas. No hay reconciliación grandilocuente, por lo que el guion escoge explorar en la comprensión parcial. Gracias a eso, Skarsgård explora en un Gustav orgulloso y vulnerable, un creador que aún desea controlarlo todo. Por su parte, Reinsve ofrece a Nora con mezcla de ironía y sensibilidad. La química entre ambos sostiene la tensión hasta el último plano.
Frente a La trilogía de Oslo, más centrada en el yo contemporáneo, Sentimental Value amplía el foco hacia la genealogía emocional. Trier parece preguntarse qué queda después del impulso juvenil. La respuesta no es optimista ni devastadora. Es lúcida. El cine, sugiere, no repara el pasado. Solo lo ilumina desde otro ángulo. A veces eso basta.
💡 PopCon Tips:
Sentimental Value está nominada a 9 premios Oscar, incluyendo el galardón principal a Mejor Película. Ya está disponible para ver en streaming en la plataforma MUBI, al igual que las anteriores películas de su director Joachim Trier.



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