En el nombre de Jimmy

Exterminio: El templo de huesos – El verdadero monstruo detrás del espectáculo

Si bien pierde profundidad, la secuela prioriza el terrorífico show y refuerza su identidad británica con un villano basado en un caso real.

por | Abr 7, 2026

Con Exterminio: La evolución (2025), Danny Boyle dividió las aguas. Para los que esperaban una historia estereotípica de frenéticos zombies, dejó gustó a poco. Muchos otros abrazaron una historia tan tensa como introspectiva pero cuyo clímax no viró hacia el terror, sino hacia un final mucho más emotivo y poético. Boyle nos recordaba que el núcleo de este subgénero funciona alrededor del duelo, con la lucha interior de un niño mientras su madre anhela una muerte digna, a la vez que un pueblo todavía se aferra al recuerdo de una Gran Bretaña moribunda.

Casi completamente en disonancia con este tono, el epilogo presentó a un colorido un grupo de adolescentes que salvan a Spike (Alfie Williams). Dejando la historia en un cliffhanger que Nia DaCosta (Hedda, The Marvels) se calza al hombro, tomando la posta como directora. Alex Garland vuelve a acompañar con un guion que continúa tomando riesgos. Si la entrega anterior subrayaba las dificultades de soltar el pasado, esta examina el desolador presente, en donde la fe se debate entre el poder que otorga la violencia más cruenta o la solidaridad.

Jack O’Connell junto a Nia DaCosta en el detrás de escena de Exterminio: El templo de huesos (2025, Sony Pictures)

No hay terror peor que el real

Cuando Cillian Murphy vagó por las calles de un Londres tan vacío que solo el Big Ben era su testigo, Boyle no necesariamente dimensionaba que veinte años más tarde iba a contar una historia universal, pero con una identidad tan fuertemente anclada a la cultura británica.

Es por eso que entre metáforas sobre el Brexit, la lealtad a una monarquía acabada y alabanzas a los Teletubbies, Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell) aparece para personificar la corrupción de la inocencia, dándole carne y hueso al mal más perverso. Al fin y al cabo, ¿cómo imaginar una pesadilla peor que la que señala a la realidad?

Y es que para los británicos ese largo cabello rubio platinado, las cadenas de oro y la ropa deportiva resulta inmediatamente reconocible. Hasta la frase que Jimmy usa como un “amén” (“How About That Then”) arman al personaje a imagen y semejanza de Jimmy Savile, conductor de programas infantiles muy popular entre la década del 70 y el 90 (por lo que probablemente el personaje de O’Connell lo hubiera admirado en su niñez). Un documental de ITV en 2012 expuso a Savile como uno de los depredadores sexuales más peligrosos en la historia de Gran Bretaña, con crímenes que se extendieron por 50 años. Buena parte de sus víctimas fueron niños.

Jimmy Savile es la inspiración detrás de este joven culto satánico.

Savile se vuelve así un símbolo, respondiendo a la pregunta de ¿cuándo pensamos en el mal, cómo personificarlo en una sola persona? En la primera entrega, el nombre Jimmy era una insinuación, una sombra al acecho que sumaba subtexto. Lo meta se volvía eufemismo para subrayar la hostilidad del mundo al que Spike está expuesto. Esta continuación pone a Jimmy al centro y frente. Ahí donde los infectados aterran por su furia imparable, él resulta igual de caótico, pero mucho más terrorífico por el sadismo con el que se regocija cada vez que exige el sufrimiento ajeno como tributo.

Las dos caras de la humanidad

Si la anterior entrega Boyle hablaba sobre cómo la humanidad encontraba sentido en el arte, DaCosta incursiona en la corrupción de esa misma búsqueda. Es así que nos presenta a Jimmy como un líder espiritual, la representación del radicalismo religioso.

Rodeándose siempre por solo siete seguidores (a los cuales Spike no tiene otra opción más que unirse o morir), esta suerte de apóstoles adoptan individualmente el nombre de Jimmy y se visten como él, perdiendo toda identidad y voluntad. Rabiosos e incontrolables, pasean por el abandonado continente, haciendo ofrendas de violencia en nombre del Viejo Nick, un apodo folclórico de Satanás que Jimmy Crystal usa para referirse a quien dice es su padre. Así, prácticamente se autoproclama el Anticristo mientras va inventando las reglas de esta fe a su conveniencia.

Esta secuela explora el punto de vista de los infectados y la lógica detrás del virus.

En contraposición, tenemos al Dr. Ian Kelson (Ralph Fiennes), quien encontró un objetivo de vida en crear el Templo de Huesos, un osario en donde dejar descansar a cada uno de los restos de quienes encuentra en su camino. Cantando para sus adentros hits de Duran Duran, se aferra a la tarea de dejar un monumento a la vida, así como un recordatorio de la finitud de la misma. Mientras es consciente de que su propósito en el mundo se reduce a una tarea que bien podría nunca acabar, también parece preguntarse cuándo es el momento de delimitar su propio fin.

Ahí es donde aparece Sansón (Chi Lewis-Parry), uno de los infectados denominados “alfa” que tan atemorizante había sido en la anterior entrega y quien orbita alrededor de Kelson. Como si de Crusoe y Viernes se tratase, DaCosta indaga más profundamente en ese vínculo entre quien parece indomable y el hombre tanto de ciencia como empatía. Aquellos sutiles rasgos de humanidad que Boyle le había dado a sus criaturas en la entrega anterior, se convierten en una semilla para por primera vez intentar entender cómo funciona el virus, mostrando a los infectados como más que un recipiente vacío.

Ante todo, el espectáculo

Si hay algo que queda claro con esta segunda parte de lo que promete ser una trilogía, es que es un capítulo de transición. Plantea algunas explicaciones, pero deja suficientes preguntas en el aire. También demuestra que la historia no se va a centrar siempre en Spike, siendo la dicotomía entre Fiennes y O’Connor el nuevo eje.

Ralph Fiennes como el Dr. Ian Kelson.

La presencia de O’Connor tiene más peso a lo largo de la historia, dándole tiempo de encontrar solidez a un Jimmy que sin duda es uno de los antagonistas más retorcidos que vimos en los últimos años. Y esa perversidad funciona, por sobre todas las cosas, porque su mera presencia nos recuerda que no todo el mal queda de aquel lado de la pantalla y la crueldad más absurda no siempre es ficticia.

Si bien la fotografía se da varios lujos (especialmente en todo lo que se refiere al impresionante Templo de Huesos), es real que esta secuela no tiene la riqueza visual ni la profundidad de su predecesora. Explora ciertos temas filosóficos, el peso del arte una vez más aparece como consuelo y salvación de un mundo desolador (haciendo hincapié en la música en este caso), así como en la mitología y religión.

Pero el guión de Garland escapa a la solemnidad y pretensión. Toma el tono de ese epílogo y lo extiende, concentrándose en dar una película mucho más sangrienta, intensa y en donde podemos decir que el espectáculo pasa a ser la prioridad.

Si bien las tramas que balancea son completamente opuestas, une ambas con un extraño sentido de humor que por un lado es completamente negro, mientras en el otro tiene hasta un toque enternecedor. DaCosta lleva ambos caminos hasta el inevitable choque. Y he ahí la que, ya desde su estreno en cines en enero, podemos asegurar como una de las escenas más inolvidables de las que veremos este año en el cine. El público de Fiennes le pide un show y Nia DaCosta lo entrega con creces.

💡 PopCon Tips

Exterminio: El templo de huesos (2026) ya está disponible para ver en streaming en la plataforma de HBO Max desde el 3/abril

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Ro Tapias

Artista visual. Madre de dragones, gatos y un corgi. Hablo de cine, a veces demasiado.