Envidiosa (2024-2026) sigue la historia de Vicky Mori (Griselda Siciliani), una mujer atravesada por la comparación constante con su entorno, por la sensación de no estar donde “debería” y por una búsqueda persistente de una vida que le dé sentido a todo eso. A lo largo de sus cuatro temporadas, la serie la acompaña en vínculos, crisis y decisiones que la enfrentan con sus propios deseos, especialmente en su relación con Matías (Esteban Lamothe), que en esta última etapa se convierte en el escenario donde muchas de esas preguntas finalmente encuentran respuesta.
Hay algo que pasa con Envidiosa que es difícil de explicar si no la viste, porque no es solo una serie que se ve y se comenta. Sino que es una experiencia en la que, en algún momento, aunque sea fugaz o incómodo, una se reconoce en Vicky y en todo lo que ella representa. En esa forma de mirar la vida propia a través de la ajena, en ese miedo constante a no estar donde se supone que deberíamos estar, en esa sensación silenciosa de que el tiempo avanza incluso cuando una todavía no terminó de decidir quién quiere ser.
Porque todas fuimos un poco Vicky, no necesariamente en sus decisiones más impulsivas o en sus reacciones más extremas, sino en algo mucho más profundo y más difícil de admitir: ese diálogo interno que compara, que mide, que evalúa, que nos enfrenta con la idea de que hay una forma “correcta” de vivir y que, tal vez, no estamos llegando a tiempo.

¿La vida no siempre es propia?
Desde el comienzo, la serie construyó a Vicky como alguien que ordena su mundo a partir de los logros de los demás. Pero en esta última temporada estrenada en Netflix el 29 de abril, ese mecanismo deja de ser un motor narrativo para convertirse en un problema existencial. Porque ya no se trata de alcanzar algo que está afuera, sino de sostener aquello que, en teoría, ya consiguió. Y enfrentarse a la incomodidad de descubrir que incluso cuando llega a ese lugar que parecía tan deseado, la sensación de plenitud no aparece como se esperaba.
La relación con Matías, la convivencia, la cercanía con la idea de familia, todo eso configura una especie de vida “correcta” que, en otra historia, funcionaría como resolución. Pero Envidiosa decide hacer algo mucho más honesto y, por eso mismo, más incómodo: mostrar que no siempre queremos aquello que durante tanto tiempo creímos que teníamos que querer. Y que llegar a ese punto no necesariamente implica alivio, sino muchas veces una nueva forma de incertidumbre.
El miedo al tiempo
Hay algo que atraviesa toda la temporada y que se siente más que se explica. Una especie de presión constante que no necesita ser nombrada para volverse evidente: la del tiempo que pasa, y con él la sensación de que ciertas decisiones empiezan a adquirir un peso distinto, como si ya no fueran simplemente elecciones sino definiciones que marcan un antes y un después.

En ese contexto, Vicky se enfrenta a preguntas que ya no puede postergar sin consecuencias, y lo interesante es que la serie no intenta ordenar ese proceso ni ofrecer respuestas claras, sino que se permite quedarse en el lugar de la duda, de la incomodidad. De esa resistencia que aparece cuando una intuye que cualquier camino que tome implicará renunciar a otro. Y que no siempre hay una opción que se sienta completamente correcta.
La maternidad como elección, no como destino inevitable
Uno de los aspectos más potentes de esta temporada es la forma en que aborda la maternidad, alejándose de las narrativas tradicionales que la presentan como un destino natural o como el cierre lógico de un recorrido. Para proponerla, en cambio, como una decisión que puede ser pensada, cuestionada e incluso rechazada sin que eso implique un error o una falta.
A lo largo de estos episodios, Vicky no encuentra respuestas rápidas ni experimenta una transformación que la acerque mágicamente a ese deseo, sino que transita un proceso más cercano a la experiencia real, lleno de dudas, incomodidades y momentos en los que no encaja en el rol que parece esperarse de ella. Y lo más interesante es que la serie no intenta corregir eso ni conducirla hacia una conclusión tranquilizadora, sino que la deja habitar esa incertidumbre hasta que, finalmente, puede reconocer lo que realmente quiere, incluso si eso se aleja de lo que alguna vez creyó que debía querer.

La familia que elegimos
En paralelo, la temporada pone en primer plano la idea de familia en un sentido más amplio y menos estructurado, alejándose del modelo tradicional para detenerse en los vínculos que se construyen a lo largo del tiempo. Y que, muchas veces, terminan siendo más sostenedores que cualquier otra forma de pertenencia.
Las amistades de Vicky, con todas sus tensiones, idas y vueltas, y momentos de desgaste, funcionan como un recordatorio constante de que incluso en sus peores versiones nunca estuvo completamente sola, y que hay una red afectiva que la contiene. Aun cuando ella misma no logra hacerlo. Lo cual le da a la serie una dimensión emocional que va más allá del conflicto romántico o individual.
En ese sentido, Envidiosa no solo habla de la familia que se arma, sino también de la familia que se elige, esa que no responde a mandatos ni a estructuras predeterminadas, pero que igualmente se convierte en un espacio de sostén, de reconocimiento y, en muchos casos, de refugio. Tus amigos de verdad van a estar para siempre.

Un final que no busca ser perfecto, sino honesto
El cierre de la serie puede no resultar espectacular ni completamente satisfactorio para quienes esperaban una resolución más clara o más contundente. Pero hay algo profundamente coherente en esa decisión de no embellecer el proceso ni ofrecer una versión idealizada del crecimiento personal.
Vicky no termina siendo la mejor versión de sí misma en un sentido aspiracional, ni resuelve todas sus contradicciones, ni encuentra una fórmula que ordene su vida. Pero sí logra algo más sutil y, tal vez por eso, más significativo: empezar a dejar de compararse, a correrse de esa lógica que la definió durante tanto tiempo y que la obligaba a medirse constantemente en relación con los demás.
Despedirse de Vicky no es fácil porque no es solo un personaje, sino una forma de mirar y de sentirse en el mundo que muchas reconocemos. Una mezcla de inseguridad, deseo, presión y miedo que atraviesa distintas etapas de la vida y que no desaparece de un día para el otro, sino que se transforma, se resignifica y, en el mejor de los casos, se vuelve un poco más manejable.

Tal vez por eso el final no se siente como un cierre definitivo, sino como una pausa en un proceso que podría seguir. Porque lo que cambia no es tanto la vida de Vicky como su forma de habitarla, y eso, aunque no sea espectacular, es real.
Quizás crecer no tenga que ver con convertirnos en la persona que imaginábamos hace años, ni con cumplir una serie de hitos en el orden esperado. Sino con animarnos a cuestionar esas expectativas, a reconocer cuáles son propias y cuáles fueron heredadas, y a tomar decisiones que, aunque no siempre sean las más fáciles o las más celebradas, se sientan verdaderas.
Y en ese sentido, Envidiosa encuentra su mayor acierto, porque no ofrece respuestas ni soluciones, sino algo mucho más valioso: la posibilidad de vernos, con todas nuestras contradicciones. Y entender que tal vez no estamos tan fuera de tiempo como creemos.
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Mirá nuestra entrevista exclusiva con los protagonistas de la cuarta y última temporada de Envidiosa:




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